Al día siguiente, Samyra despertó con una calma extraña, distinta a la ansiedad que la había acompañado durante meses.
No era paz completa, pero sí una especie de claridad nueva, como si por fin hubiera dejado de moverse a ciegas.
Sobre su escritorio estaban los apuntes del profesor Duncan, cuidadosamente organizados.
Había pasado horas estudiando la guía la noche anterior, revisando cada anotación, cada detalle del examen que se acercaba.
Aquello era su ancla. Su forma de no perderse en medio del caos.
“Puedo estudiar con libertad ahora”, pensó mientras cerraba el cuaderno.
“Omar cree que solo estoy actualizándome… pero esto es mucho más que eso”.
No era solo estudio. Era supervivencia.
Era su plan silencioso.
Por la tarde, eligió su ropa con más cuidado del habitual.
Dudó varios minutos frente al armario.
Finalmente eligió un vestido largo color dorado, elegante, que rara vez usaba. Sobre él colocó un velo de tono más claro, delicado, casi etéreo.
Cuando se miró al espejo, se detuvo.
Las cicatrices en sus brazos eran visibles bajo la luz porque eligió un vestido de manga corta, antes, nunca lo usaría, pero ahora sí.
Pasó los dedos sobre ellas lentamente.
No lo hacía con vergüenza, sino con una especie de memoria corporal.
“¿Odias tanto estas marcas, Omar?”, pensó.
“¿O te recuerdan que, de alguna forma, ellas te obligaron a elegirme, a quedarte a mi lado?”
El pensamiento no venía con rabia, sino con cansancio. Un cansancio antiguo.
Suspiró, apartando la mirada del espejo.
Se maquilló con discreción, lo suficiente para no sentirse apagada, pero sin intentar ocultarse. Después tomó su bolso y salió.
Omar la esperaba abajo.
Cuando ella apareció en las escaleras, él levantó la mirada de inmediato.
Por un instante, su expresión cambió. No era solo admiración; había algo más profundo, casi nostálgico.
La observó caminar lentamente hacia él. Su leve cojera era evidente si uno prestaba atención, aunque ella intentaba disimularla.
Pero Omar sí prestaba atención. Siempre lo hacía.
Su mirada bajó a sus brazos descubiertos.
Las cicatrices. Un recuerdo cruzó su rostro, rápido, casi imperceptible. Como si algo dentro de él intentara romperse, pero él lo contuviera de inmediato.
Se obligó a sonreír.
—¿Estás lista? —dijo, acercándose—. Te ves hermosa.
Samyra lo miró con una pequeña risa que no alcanzó sus ojos.
—En serio… —murmuró— ¿no te avergüenzan mis cicatrices?
Omar frunció el ceño, como si la pregunta lo hubiera herido más de lo esperado.
—Nunca —respondió con firmeza—. A veces me duele verlas… y recordar lo que sufriste por mí.
El silencio entre ambos se volvió denso. Omar dio un paso más cerca, bajando la voz.
—¿Por qué me salvaste, Samyra?
Ella parpadeó, sorprendida por la pregunta.
No era la primera vez que él intentaba llevar esa conversación a un terreno emocional, pero esta vez había algo distinto. Algo más vulnerable en su tono.
Samyra desvió la mirada un segundo antes de responder.
—Porque soy médica —dijo con calma—. Es lo que hacemos. Tenemos… un complejo de salvar vidas. Te habría salvado a ti o a cualquier otra persona. No lo tomes como algo personal.
Omar la observó en silencio. Esa respuesta lo golpeó más de lo que esperaba.
No había romanticismo. No había destino.
No había “tú”. Solo una vocación.
Samyra dio un paso atrás cuando él intentó acariciar su rostro.
El gesto fue mínimo, casi automático, pero suficiente para marcar distancia.
Omar lo notó. Se detuvo.
—Samyra… sé que no he sido un buen esposo —dijo en voz baja—. Pero puedo cambiar. Puedo ser mejor para ti.
Ella soltó una risa suave, casi triste.
—Omar… ya no vale la pena.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. No era tensión. Era algo más frío.
Definitivo.
—Vamos a la fiesta —añadió ella, girándose ligeramente—. El jeque Hamad nos espera.
—Nayla —interrumpió Nassira antes de que terminara la frase—. La futura esposa de mi hermano.
El silencio fue inmediato. Alya frunció ligeramente el ceño.
—¿Esposas…? ¿Segunda esposa? Ah, ¿Tu esposo tomará una segunda mujer?
La pregunta no era acusación, pero sí sorpresa.
Nassira sonrió, aunque su tono fue más duro de lo necesario.
—No. No me malinterprete. Mi hermano Omar Al-Sabah tomará a Nayla como su segunda esposa.
El impacto de esas palabras cayó como una piedra en el ambiente.
Omar bajó la mirada. No dijo nada. Pero su mandíbula se tensó.
Alya observó la escena con más atención ahora, y luego miró a Samyra.
Hubo algo en su expresión que cambió. Como si recordara algo.
—Perdón… —dijo lentamente—. Pero esto es extraño.
Se giró hacia Omar.
—Hace años, Samyra me dijo algo diferente.
El silencio se volvió absoluto.
Omar levantó la mirada.
Alya continuó, sin intención de suavizar sus palabras.
—Samyra me contó que usted le prometió que nunca tomaría una segunda esposa. Que en esta vida no la habría. Y que ella… le salvó la vida a usted.
Los ojos de varios invitados comenzaron a girarse discretamente.
La conversación ya no era privada. Era pública.
Alya sostuvo la mirada de Omar.
—¿Rompió su promesa de amor?
El mundo pareció detenerse por un segundo.
Omar no respondió de inmediato.
Samyra tampoco.
Pero el aire entre ambos cambió. Porque ya no era solo un matrimonio.
Era una historia siendo juzgada delante de todos. Y por primera vez en mucho tiempo, Omar no tenía una respuesta que pudiera protegerlo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...