La luz del jardín era suave, filtrada entre las lámparas ornamentales que colgaban discretamente alrededor del espacio reservado para las invitadas.
Las mujeres reían en pequeños grupos, moviendo fichas sobre tableros de carrom mientras conversaban en voz baja, como si incluso el ocio debiera mantenerse dentro de ciertos límites.
Samyra ocupaba un lugar discreto en una de las mesas.
Sus manos estaban apoyadas sobre su regazo, pero su mente no estaba en el juego.
Frente a ella, Fadia Al-Mansoori observaba las piezas con calma, como si el tablero fuera solo una excusa para mantener la conversación invisible a ojos ajenos.
—Podemos usar el Khula —dijo la abogada finalmente—, pero necesitas devolver la dote.
Samyra no dudó.
—La tengo intacta. Él me la dio al inicio del matrimonio. La devolveré completa.
Fadia asintió lentamente, como si esa respuesta fuera importante no solo legalmente, sino también como señal de decisión.
—Bien. Eso facilita una parte del proceso.
Las fichas del carrom se movieron suavemente cuando una de las mujeres cercanas pasó junto a ellas, obligándolas a mantener el tono bajo.
En ese entorno, incluso una conversación sobre divorcio debía disfrazarse de normalidad.
Fadia bajó un poco la voz.
—El Khula es la vía más directa si el esposo no coopera. Pero no es la única opción.
Samyra levantó la mirada.
—¿Hay otra?
La abogada la observó con más seriedad.
—El Faskh.
El nombre cayó con peso.
—La anulación judicial —aclaró Samyra.
—Sí. Si demostramos perjuicio en tu contra, podríamos solicitarlo. Especialmente si se puede argumentar falta de vida marital.
Un silencio breve se instaló entre ambas.
Fadia no necesitó terminar la frase para que Samyra entendiera el problema.
Pruebas. Exposición. Juicio. Miradas externas sobre su intimidad.
—No —dijo Samyra de inmediato, negando con la cabeza—. No quiero eso.
La firmeza en su voz fue inmediata, casi instintiva.
—No quiero exámenes médicos. No quiero que nadie revise mi cuerpo ni que lo conviertan en un argumento. Eso no es libertad.
Fadia no discutió. Solo la observó con atención.
—También hay otra consecuencia —añadió con cuidado—. Este tipo de caso no solo te expone a ti. También expone a él.
Samyra apretó ligeramente las manos.
—Y eso arruinaría su reputación.
—Sí —respondió la abogada con honestidad—. Y la de su familia.
Ese fue el punto más difícil. Porque Samyra no quería destruir a Omar para liberarse. Solo quería salir.
Respiró hondo.
—Entonces, no Faskh. Khula.
Fadia asintió de nuevo.
—Bien. Es una decisión más lenta, pero más controlable.
—Yo… necesito irme del país en dos meses, tengo una gran oportunidad para entrar a un posgrado en Suiza y seguir mis estudios de medicina y trabajar allá.
La abogada asintió.
Sacó algunos documentos de su bolso y los dejó sobre la mesa como si fueran simples papeles administrativos.
—Necesitarás firmar un wakala. Un poder legal. Yo me encargaré de todo el proceso mientras tú te preparas para salir del país.
Samyra frunció ligeramente el ceño.
—Suiza —respondió Fadia sin rodeos—. Tu ventana de oportunidad de posgrado es perfecta. Dos meses.
La palabra “dos meses” resonó en su mente con claridad absoluta.
—El iddah puede cumplirse allí si es necesario —añadió la abogada con tranquilidad—. Ya he manejado casos internacionales antes como estos.
Samyra sintió una mezcla extraña entre alivio y vértigo.
Era real. Era posible.
—Pero hay un problema —dijo de pronto.
Fadia levantó la mirada.
—Mi esposo tiene mi pasaporte y mi visa. Se niega a devolverlos.
La expresión de la abogada cambió ligeramente.
—Eso es control directo.
—Lo sé.
Fadia exhaló despacio.
—Podemos denunciarlo, pero con su posición, él lo sabrá.
Samyra bajó la mirada un instante.
—Entonces debes recuperarlos sin que lo sepa.
Hubo un pequeño silencio. Luego continuó.
—En el tribunal y ante nuestras familias firmaremos el contrato estándar.
Samyra frunció ligeramente el ceño.
—Pero en privado, Nayla —añadió Omar— firmarás un acuerdo adicional.
Nayla no respondió.
—Un acuerdo de confidencialidad y convivencia —explicó él con voz controlada—. Nuestro matrimonio será una alianza estratégica. Nada más.
Omar continuó, como si estuviera cerrando un contrato empresarial.
—No habrá demostraciones públicas de afecto. Ni intimidad sexual- Ni exposición emocional. Para el mundo, seremos esposos. Pero, en realidad, seremos dos personas cumpliendo un acuerdo.
—Y para que no haya confusión… —añadió, más bajo— Samyra es mi única esposa. Y lo seguirá siendo.
El aire pareció volverse más pesado.
Nayla dio un paso atrás.
—¿Entonces… yo qué soy?
Su voz tembló ligeramente.
Omar no respondió de inmediato.
Ese segundo de silencio fue más humano que cualquier frase anterior.
—Eres… la mujer que estoy ayudando por compasión —dijo finalmente.
Nayla lo miró con incredulidad.
Y luego, sin más, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Retrocedió otro paso.
—No puedo… —susurró.
Pero Omar ya no la estaba mirando.
Porque en su mente, esa conversación no era una ruptura.
Era una solución. Estaba intentando cumplir dos promesas que ya no podían coexistir en el mismo mundo.
Samyra, escondida detrás de la columna, sintió que algo dentro de ella se tensaba.
Se apartó lentamente antes de ser descubierta.
El corazón le latía con fuerza, pero su rostro permanecía firme.
Ya no estaba asustada. Ahora estaba consciente.
Porque por primera vez entendía algo con claridad absoluta: Omar no iba a soltarla fácilmente.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...