Samyra sintió que el dolor no venía en una sola ola… sino en capas, profundas, pesadas, imposibles de detener.
Primero fue el pecho.
Un golpe seco, silencioso, como si algo dentro de ella se hubiera agrietado sin romperse del todo.
Después el aire.
Más denso. Más difícil de atrapar.
Y finalmente la mente, que intentaba sostenerse a la fuerza en una sola idea: esto no está pasando.
Pero estaba pasando.
Frente a ella, Omar seguía ahí. Inmóvil por un instante, como si también necesitara tiempo para comprender lo que acababa de abrirse entre los dos.
Samyra bajó la mirada lentamente. Sus pestañas temblaron apenas, pero no dejó caer una lágrima. Todavía no. Había algo más urgente que el llanto: mantenerse en pie.
—Pero… tú y yo tenemos una promesa —dijo al fin, con una voz más baja de lo habitual—. ¿La olvidaste?
El silencio que siguió fue inmediato, pesado.
Omar alzó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Y en ese instante, algo en él se tensó. No era solo culpa. Era conflicto. Era esa incomodidad de quien sabe que cualquier respuesta va a destruir algo.
—Samyra… —empezó él.
Su voz sonó distinta. Menos firme. Más humana.
Intentó acercarse, apenas un paso, como si el instinto aún buscara reparar lo irreparable. Pero ella retrocedió de inmediato.
Un solo paso.
Pequeño.
Pero definitivo.
Ese gesto lo detuvo.
Samyra apretó los dedos contra la palma de su propia mano, como si necesitara recordarse que estaba ahí, presente, no desmoronada todavía.
Respiró.
Y habló con una calma que dolía más que un grito.
—Lo entiendo —dijo—. Quieres ayudarla. Nayla necesita tu apoyo.
Su mirada se desvió apenas hacia la mujer detrás de él.
Nayla estaba ahí, frágil, con los ojos húmedos, como si el mundo entero la estuviera empujando contra su voluntad.
Samyra no la miró con odio.
Eso fue lo extraño.
La miró con una claridad fría.
—Lamento lo que ha vivido —continuó Samyra—. De verdad. Nadie debería pasar por algo así.
Hizo una pausa breve.
Y entonces su voz cambió.
Más firme.
Más afilada.
—Pero eso no me obliga a aceptar lo que estás haciendo.
Omar frunció el ceño. Como si esa versión de ella no encajara con la que conocía. Como si hubiera esperado lágrimas, implosión, súplica.
Pero Samyra no estaba suplicando. Estaba sosteniéndose.
—Omar —dijo ella, pronunciando su nombre como si intentara no romperse al hacerlo—. Ya que rompiste nuestra promesa, me opongo a tu decisión.
El aire se tensó.
La abuela, al fondo, se llevó una mano al pecho. El abuelo permaneció inmóvil, con la mandíbula endurecida.


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