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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 7

Samyra sintió que el dolor no venía en una sola ola… sino en capas, profundas, pesadas, imposibles de detener.

Primero fue el pecho.

Un golpe seco, silencioso, como si algo dentro de ella se hubiera agrietado sin romperse del todo.

Después el aire.

Más denso. Más difícil de atrapar.

Y finalmente la mente, que intentaba sostenerse a la fuerza en una sola idea: esto no está pasando.

Pero estaba pasando.

Frente a ella, Omar seguía ahí. Inmóvil por un instante, como si también necesitara tiempo para comprender lo que acababa de abrirse entre los dos.

Samyra bajó la mirada lentamente. Sus pestañas temblaron apenas, pero no dejó caer una lágrima. Todavía no. Había algo más urgente que el llanto: mantenerse en pie.

—Pero… tú y yo tenemos una promesa —dijo al fin, con una voz más baja de lo habitual—. ¿La olvidaste?

El silencio que siguió fue inmediato, pesado.

Omar alzó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

Y en ese instante, algo en él se tensó. No era solo culpa. Era conflicto. Era esa incomodidad de quien sabe que cualquier respuesta va a destruir algo.

—Samyra… —empezó él.

Su voz sonó distinta. Menos firme. Más humana.

Intentó acercarse, apenas un paso, como si el instinto aún buscara reparar lo irreparable. Pero ella retrocedió de inmediato.

Un solo paso.

Pequeño.

Pero definitivo.

Ese gesto lo detuvo.

Samyra apretó los dedos contra la palma de su propia mano, como si necesitara recordarse que estaba ahí, presente, no desmoronada todavía.

Respiró.

Y habló con una calma que dolía más que un grito.

—Lo entiendo —dijo—. Quieres ayudarla. Nayla necesita tu apoyo.

Su mirada se desvió apenas hacia la mujer detrás de él.

Nayla estaba ahí, frágil, con los ojos húmedos, como si el mundo entero la estuviera empujando contra su voluntad.

Samyra no la miró con odio.

Eso fue lo extraño.

La miró con una claridad fría.

—Lamento lo que ha vivido —continuó Samyra—. De verdad. Nadie debería pasar por algo así.

Hizo una pausa breve.

Y entonces su voz cambió.

Más firme.

Más afilada.

—Pero eso no me obliga a aceptar lo que estás haciendo.

Omar frunció el ceño. Como si esa versión de ella no encajara con la que conocía. Como si hubiera esperado lágrimas, implosión, súplica.

Pero Samyra no estaba suplicando. Estaba sosteniéndose.

—Omar —dijo ella, pronunciando su nombre como si intentara no romperse al hacerlo—. Ya que rompiste nuestra promesa, me opongo a tu decisión.

El aire se tensó.

La abuela, al fondo, se llevó una mano al pecho. El abuelo permaneció inmóvil, con la mandíbula endurecida.

No el hombre seguro, dominante, firme. Sino alguien que no encuentra la forma de corregir lo que ya se rompió.

—Samyra… —repitió, esta vez más bajo, casi como un ruego—. No lo hagas así.

Ella sintió que algo dentro de ella quería romperse al escuchar ese tono.

Pero lo contuvo.

—¿Cómo debería hacerlo, Omar? —preguntó—. ¿Sonriendo? ¿Esperando a que esto pase sin decir nada? ¡O cediendo obligada?

El silencio respondió por él.

Y eso fue suficiente. Samyra dio media vuelta.

Sus pasos resonaron en el suelo.

—¡Samyra!

No se detuvo.

La abuela comenzó a llorar.

—Hija… por favor…

El abuelo bajó la mirada, incapaz de intervenir sin empeorar todo.

Omar dio un paso hacia adelante.

—¡Samyra, espera!

Pero ella no se detuvo y salió.

La voz de Nayla se quebró detrás de él.

—No… no es mi intención destruir tu matrimonio, Omar… ¡Prefiero aceptar mi destino cruel!

Nayla salió apresurada del salón, sin mirar atrás.

—Nayla… —murmuró Omar, sintiendo que estaba perdiendo todo el control de la situación.

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