—Isa dijo que vendrá a verte la próxima semana si tiene algo de tiempo libre. Cuando esté aquí, podrán hablar en persona de todos esos secretos que se guardan.
Elías clavó su mirada en la anciana.
La abuela levantó una mano y le dio un golpecito cariñoso en la frente.
—¿Crees que no me doy cuenta? Ustedes dos comparten un secreto. Un misterio muy profundo lleno de cosas que nosotros ignoramos por completo.
—Cada vez que alguno de los dos sufre un accidente y despiertan, sus reacciones son extrañas. He notado cada pequeño detalle y sé que algo pasa.
—Pero si ustedes quieren mantenerlo en privado, no seré yo quien indague más.
—Abuela.
Elías sintió un torrente de gratitud y culpa.
—Abuela, he sido un mal nieto. Te agradezco por no haberte rendido conmigo a pesar de todo.
La anciana suspiró:
—Eres mi nieto mayor, a quien crie con mis propias manos. De todos mis nietos, eres al que más adoro. ¿Cómo iba a darte la espalda? Lo que pasa es que eres un desobediente.
—Si tan solo hubieras escuchado uno de mis consejos, no te habrías enredado en todos estos problemas. Pero por muy malo que hayas sido, sigues siendo mi nieto. A esta edad, ya no quiero desgastarme reprochándote nada.
—Aunque cometiste errores, lo que más deseo es verte feliz, ver que puedes empezar de nuevo. Todavía eres joven y tienes toda una vida por delante. No dejes que uno o dos fracasos en el amor te quiten la fe en tu futuro.
Elías se quedó pensativo antes de responder:
—Lo pensaré después.
A corto plazo, no tenía la menor intención de pensar en romances.
—Lo pensaré después de que Isabela y Álvaro se casen.
La abuela lo miró fijamente:
—¿Aún no te rindes, quieres volver con ella y casarte de nuevo?
—Sí, claro que quiero. Sueño todos los días con volver con ella, poder compensarla, darle el amor que se merece. Si ella solo me diera una pequeña oportunidad, le juraría una vida llena de felicidad. No dejaría que nadie vuelva a lastimarla ni hacerla sentir menos.
Ni siquiera sus propios padres la menospreciarían ahora.

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