Cuando se está ocupado, el tiempo pasa volando.
En un abrir y cerrar de ojos, ya era hora de salir de trabajar.
En cuanto Isabela salió de su oficina, se encontró con Álvaro Morales esperándola en la puerta. Sostenía un ramo de flores en las manos y, en cuanto la vio, una cálida sonrisa iluminó su atractivo rostro.
El aura de Álvaro era refinada y sumamente amable. Cuando sonreía, transmitía una tranquilidad parecida a la brisa cálida de una mañana de primavera.
A Isabela le gustaba mucho ver su sonrisa.
Incluso antes de enamorarse de él, siempre sintió que su sonrisa era de las más sinceras y acogedoras que había visto.
Él simplemente le transmitía una paz inmensa.
—Ya saliste.
Álvaro se acercó y le extendió el hermoso arreglo floral.
Isabela tomó las flores con una sonrisa:
—Las flores están hermosas. Muchas gracias.
—Flores hermosas para una mujer hermosa.
Isabela se rio, una risa pura y auténtica que se extendió hasta el brillo en sus ojos.
Salieron juntos del edificio.
La mayoría de los empleados ya se estaban yendo. Para ellos, ver a Álvaro llegar casi a diario a buscar a la jefa ya era parte del paisaje.
Muchos de los empleados más veteranos habían trabajado con Isabela desde los días en que todo era un pequeño estudio de diseño. En aquellos tiempos, cuando Isabela todavía era conocida como la gran señora Silva, era muy raro ver al poderoso señor Silva pasarse por allí, mucho menos recogerla a la salida del trabajo.
Álvaro era muchísimo más considerado que Elías, y sus sentimientos hacia ella no tenían ni un gramo de hipocresía.
Algunos empleados, amparándose en la confianza que tenían con Isabela desde hace años, se atrevían a comentarle de vez en cuando que escoger a Álvaro había sido su decisión más sabia.
La vida no es la misma dependiendo de quién te acompañe.
Cuando compartes tu día a día con alguien que de verdad se entrega a ti, incluso las pequeñas cosas se vuelven más dulces.
Una vez fuera del edificio, Álvaro le propuso:
—Vamos en mi auto a cenar, reservé una mesa en mi hotel.

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