—Siempre me he sentido de maravilla —respondió Isabela con una sonrisa, entregándole también su regalo a Nuria antes de dirigirse a Lorenzo—. Señor Méndez, ¡felicidades por su boda!
Ninguna de las dos pronunció el clásico deseo de "que envejezcan juntos".
¿Quién podía asegurar que Lorenzo no volvería a ser infiel en el futuro?
Si Nuria se la pasaba peleando con Jimena, la casa sería un caos. En ese escenario, era muy probable que Lorenzo buscara consuelo en brazos de otra mujer.
Quien es infiel una vez, lo es dos, o innumerables veces.
Solo el tiempo diría si Nuria sería quien riera al último.
—¿Y dónde están Rodrigo y Jimena? —preguntó Vanessa mirando a su alrededor con fingida preocupación al no ver a la pareja por ningún lado.
—Están saludando a los invitados. Hay demasiada gente y no puedo atenderlos a todos yo solo —respondió Lorenzo, y luego cambió de tema—. Vanessa, ¿cómo has estado? Te veo radiante.
—Gracias a Dios, me va de maravilla. Tú, en cambio, pareces haber envejecido un par de años. Tienes muchas más canas. Eres el novio, deberías haberte teñido el cabello para lucir un poco más joven.
La sonrisa de Lorenzo se volvió rígida.
Su casa era un campo de batalla, seguía preocupado por los problemas de la empresa y apenas podía dormir. Además, a su edad, tener que satisfacer las exigencias de Nuria por las noches lo estaba dejando agotado. ¡Con razón le habían salido tantas canas!
En el pasado, Vanessa era muy tranquila y jamás le exigía nada. Si él quería intimidad, la tenían. Si estaba cansado, ella jamás se quejaba; solo lo cuidaba en silencio y le preparaba remedios caseros para que recuperara energías.
Había que admitirlo: Vanessa había sido una esposa ejemplar.
El único problema era que siempre sintió que Vanessa no lo amaba, que se había casado con él solo para usar su influencia como escudo protector y aprovechar el dinero de la familia Méndez para darle a su hija una buena educación.
Vanessa ya no era la señora Méndez, pero tenía una hija brillante. Isabela primero se casó con un Silva, entrando en la familia más prestigiosa de la ciudad. Y ahora, tras su divorcio, tenía al heredero de la familia Morales enamorado de ella. Viendo lo unidos que estaban Isabela y Álvaro, era muy probable que pronto celebraran su propia boda.
Además, Isabela tenía sus propios negocios, y su empresa no paraba de crecer. Naturalmente, todo esto hizo que la percepción que tenían de Vanessa cambiara por completo.
Para aquellas mujeres, Isabela era, sin duda, una joven con una suerte y un destino envidiables.
Por supuesto, también había quienes la envidiaban amargamente, como las primas de Jimena y algunas familiares solteras de Nuria. La miraban con recelo porque, a sus ojos, Álvaro era demasiado perfecto, como el príncipe azul salido de un cuento de hadas.
Era el típico empresario joven, guapo y perdidamente enamorado que solo se veía en las telenovelas.
A lo lejos, las jóvenes de la familia Castillo cuchicheaban, hablando pestes de Isabela. Decían que era una trepadora, una arpía que solo servía para robarse a los hombres.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda