En Nuevo Horizonte, si las familias más ricas se unían, a Ulises le resultaría casi imposible salir ileso.
Y él no podía permitir que eso sucediera.
En ese momento, Ulises aguardaba noticias en una lujosa casa que había comprado en secreto.
Una hora antes, los secuestradores lo habían llamado para informarle que los Morales habían dado aviso a la policía. Además, gracias a los recursos conjuntos de los Morales y los Delgado, lograron rastrear su ubicación temporal.
Con ambas familias y las autoridades pisándoles los talones, tuvieron que movilizarse, lo que dificultaría mantener el contacto con él.
Ulises les advirtió que actuaran con extrema precaución para no ser capturados. En caso extremo, debían liberar a Carolina y escapar por su cuenta.
Si la policía los atrapaba, temía que terminaran delatándolo.
¡Se lo había advertido a sí mismo! Si los más poderosos de la ciudad se aliaban, los hombres que había contratado no tendrían oportunidad.
¡Y eso que la familia Silva aún no se involucraba!
Ulises se maldijo a sí mismo por su mala suerte; justo cuando celebraba que los Silva estaban al margen, le llegó la noticia de que ellos también habían entrado al rescate.
—Filtren la noticia del secuestro a la prensa. Que armen un escándalo, así generamos caos y los muchachos podrán despistarlos —ordenó.
—Jefe, eso podría salirnos por la culata. ¿Qué pasa si atraemos a más aliados para los Morales?
Le advirtió su mano derecha.
—Ellos mismos bloquearon la noticia. Si usted la saca a la luz, van a rastrear el origen de la filtración y darán con usted.
Ulises frunció el ceño.
—No lo había pensado. Estoy perdiendo los nervios.
Con la ansiedad, su mente se ofuscaba y no lograba idear buenas estrategias.
Ring, ring...

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