Fue mejor que abandonaran a Carolina. Si intentaban llevarla como rehén, seguro la policía los atraparía y hasta él mismo terminaría cayendo.
Soltarla era la vía más segura para escapar.
Ella no les vio los rostros y, en medio del pánico, sus amigas tampoco debían de haber memorizado los rasgos de los agresores, ya que llevaban capuchas.
Con esa llamada, Ulises tuvo la idea perfecta: le mandaría la dirección a Jimena para que fuera a recogerlos.
Ella había nacido y crecido en Nuevo Horizonte, se conocía la ciudad como la palma de su mano; era la candidata ideal para extraerlos.
De paso, le tendería una trampa para hundirla.
Si la policía capturaba a los prófugos en su vehículo, Jimena sería cómplice y terminaría tras las rejas.
La condenarían, y como ya había seguido sus consejos y ordenó en secreto que la familia Romero asesinara a Isabela... Tuvieran éxito o no, siempre habría alguien que llamara a la policía; al final, las pistas apuntarían hacia Jimena, y con todos esos cargos, la ejecutarían igual que en la vida pasada.
Él lo había jurado: Elías, Jimena e Isabela pagarían caro.
Ah, y también Rodrigo.
Rodrigo Méndez era una escoria.
Pero por ahora no tenía prisa con él; una vez que eliminara a los demás, lidiar con Rodrigo sería pan comido.
Jimena no tenía ni idea de a quién la había mandado a buscar Ulises.
Al seguir las indicaciones de la ubicación que él le mandó, llegó a una carretera en La Colina del Este. Era una zona tan aislada que, pese a estar pavimentada, casi no había tráfico.
Y los bordes estaban plagados de espesos bosques.
Aun así, prefirió confirmar con Ulises por teléfono y, una vez segura, dejó que los cuatro sujetos subieran al auto.
—Sácanos de Nuevo Horizonte ahora mismo. Nada de aviones, trenes ni autobuses. Tú nos vas a llevar hasta Ciudad de San Andrés.
Le ordenó el hombre de negro con voz fría en cuanto ella arrancó.
—Oiga, Ciudad de San Andrés queda lejísimos. Manejando, me tomaría al menos dos días y dos noches. ¿No prefieren ir en avión? Llegan en unas cuantas horas. Si andan cortos de dinero, yo les pago los boletos.
Jimena no quería aventurarse a un viaje de casi dos mil kilómetros.
Siendo mujer, conduciendo a solas con cuatro hombres corpulentos en medio de la nada... Si algo le pasaba, nadie escucharía sus gritos.
Además, estaba segurísima de que los amigos de Ulises no eran unos santos.

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