En los últimos dos meses habían pasado muchas cosas, y se había dado cuenta de que Jimena, bueno, no era tan perfecta como él la imaginaba. O más bien, Jimena siempre había sido así. Él lo sabía en el fondo, pero al haber crecido con ella, con una relación de casi veinte años, la había tolerado, viendo sus defectos como virtudes, sin enfrentar la realidad.
Isabela se desvió hacia un supermercado. Si iban a cenar en la casa que estaba a su nombre, necesitaban comprar comida. Como no vivía ahí, no habría nada en la despensa.
Cuando Elías le compró esa casa, era una propiedad recién remodelada pero vacía, sin un solo mueble. Después de casarse, Isabela se mudó con él, y solo en sus ratos libres había ido comprando algunos muebles básicos.
La pareja recorrió el supermercado junta. Isabela era muy selectiva y no compraba en grandes cantidades.
Elías la seguía, y al verla tan quisquillosa, le susurró:
—Compra lo que quieras, yo pago.
Isabela lo miró por un par de segundos, una mirada que Elías entendió perfectamente.
«Lo hubieras dicho antes».
Ya que alguien más pagaba, Isabela no se contuvo. Empezó a elegir los productos más caros y de mejor calidad. También compró muchos artículos de uso diario.
Al salir del supermercado, Elías cargaba bolsas en ambas manos y un saco de arroz al hombro. Isabela, por su parte, caminaba tranquilamente comiéndose un cono de helado, sin cargar nada más. Elías no solo pagó, sino que también hizo todo el esfuerzo físico. No iba a ser tan descarado de pedirle a una mujer que cargara tantas cosas. Aunque, en su mente, se burló: «¿Ella, una mujer débil? Si ella es débil, entonces no existen las personas fuertes en este mundo».
Con dificultad, metieron todo en el carro. Entonces, Isabela le dijo:
—La casa que me regalaste estaba vacía, sin muebles. He ido comprando algunas cosas poco a poco, pero por ahora solo tengo dos sillas y una mesita.
—Ya que todavía es temprano, ¿qué tal si me acompañas a ver muebles? Si encontramos algo que nos guste, podemos pedir que lo entreguen hoy mismo. De lo contrario, no tendré ni una cama para que duermas.
—Y una vez que pierdas tu pureza, estarás traicionando a tu amada, y ya no serás tan leal en el amor.
—Tu imagen de hombre devoto se irá por el caño.
Elías la miró con el rostro serio.
—Isabela, ¿podrías hablar con un poco más de clase?
—No estoy diciendo groserías ni maldiciendo. ¿Qué tiene de vulgar? Solo estoy diciendo la verdad.
La vez anterior que él había amenazado con demostrarle si

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