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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 195

Capítulo 195 Frente a la decisión, Ernesto dudó.

Mateo, al ver que su padre tardaba en decidirse, entró aún más en pánico.

—¡Papá, papá, no me puedes dejar solo! —exclamó—. ¡ No quiero ir a la cárcel! ¡Papá, por favor, ayúdame!

Ernesto miró con incomodidad a Olivia y a Adrián. Con una actitud de amargura, se dirigió a Mateo.

—Ay, hijo...—se lamentó—. En lugar de suplicarme a mí, deberías rogarles a tu hermana y a Adrián. Yo no tengo poder ni dinero, ¿de qué sirve que me pidas ayuda?

Mateo siempre había sido la adoración de Eugenia. Al escuchar lo que decía su marido, ella fulminó a Ernesto con la mirada.

—Con que firmes ese documento de renuncia voluntaria es más que suficiente, ¿no? —dijo.

—Es que... yo no quiero hacerlo por voluntad propia. ¿ Qué tiene eso de voluntario? —Ernesto puso los ojos en blanco.

—¡Es tu hijo! —le gritó Eugenia, furiosa—. ¡¿Y te vas a quedar cruzado de brazos viéndolo ir a la cárcel?!

Ernesto estaba acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo en la casa, así que no iba a permitir que Eugenia le levantara la voz. Aunque al principio se sentía un poco culpable, de pronto se armó de valor.

—¿Y qué si va a la cárcel? —respondió él—. ¡Solo serán unos cuantos años! ¿Tienes idea de a cuánto llega el dinero de la compensación por la casa? ¡Aunque no pisara la cárcel, tardaría años en ganar todo ese dinero!

Mateo se derrumbó.

—Papá... ¿no decías que yo era el que más querías? — preguntó.

—¿Y de qué me sirve quererte? —contestó Ernesto—.¿ Tú me puedes dar millones de dólares?

—¡Ernesto, maldito infeliz! ¡Me las vas a pagar! —gritó Eugenia.

Quién sabe de dónde, pero sacó unas tijeras y se abalanzó contra él, dispuesta a apuñalarlo.

—¡Estás loca! —gritó Ernesto.

Echó a correr, pero su cuerpo pesado y torpe lo hizo tropezar y cayó de bruces al suelo.

Sin embargo, Olivia pudo ver todo con claridad.

Ernesto no se había caído solo; Mateo le había metido el pie. Acto seguido, Eugenia se sentó sobre su marido y le puso la punta de las tijeras en el cuello.

—No... te juro que no voy a cambiar de opinión... — tartamudeó—. Voy... voy a firmar...

Durante todo ese tiempo, Adrián y Olivia se habían quedado sentados a un lado, observando cómo esa familia de tres se destrozaba mutuamente por dinero.

Cualquier otra persona se habría reído de la escena como si fuera un espectáculo, pero a Olivia solo le dejó un nudo en el estómago.

Siempre había sabido que ella no significaba nada para Eugenia, que su hermano era un sinvergüenza incorregible y que su padre era de lo peor.

Sin embargo, la reacción de su madre la había tomado por sorpresa.

Parecía que Eugenia sí tenía instinto maternal, uno tan inmenso que estaba dispuesta a sacrificarlo todo y a jugarse la vida por su hijo. Era una verdadera lástima que Olivia nunca hubiera recibido ni un poco de ese amor.

Adrián la tomó de la mano para ayudarla a levantarse y se dirigió a sus hombres.

—Asegúrense de que hagan bien el trámite y llévenlos a la notaría para validarlo —ordenó—. Me avisan cuando todo esté listo. Nosotros ya nos vamos.

Esa última frase se la había dicho a Olivia. Dicho esto, tiró de su mano y salieron del lugar.

Había alguien más que se había quedado observando todo el teatro de principio a fin: Camila. En ese instante, su mirada estaba clavada, absorta, en la mano de Adrián que rodeaba el hombro de Olivia.

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