Rompió su propia regla: bebió alcohol. Se notaba en su voz; incluso parecía estar un poco ebrio.
Pero, ¿en serio Adrián era capaz de gritar así?
La imagen que Olivia tenía de él era muy distinta. En la preparatoria, Adrián había sido el típico estudiante brillante e inalcanzable. No solo mantenía una seriedad mientras resolvía problemas matemáticos, sino que incluso en las canchas deportivas ignoraba a las chicas enamoradas que corrían a ofrecerle agua.
Más tarde, cuando se convirtió en su esposo, Adrián pasó a ser un hombre educado, pero de emociones tan estables que rozaban la inexistencia. Nunca reía, nunca se enfadaba. Siempre mantenía esa actitud indiferente, tan lejana que, en las raras ocasiones en que sus dedos se rozaban, Olivia sentía que su temperatura corporal era baja, casi inerte.
Sin embargo, la cámara del video recorrió las caras de los presentes y ahí estaba él: con las mejillas encendidas, los ojos brillantes y una copa en alto, riendo abiertamente hacia la cámara.
—Bienvenida a casa, Pau.
Resulta que sí sabía reír. Resulta que él también tenía momentos de pasión. Resulta que él también podía tratar a una mujer con cariño.
No se reía con ella, no sentía pasión por ella y, mucho menos, la llamaba por un apodo cariñoso.
—Señora, ¿ya va a levantarse? —La voz de Rosa resonó desde el pasillo.
La vida de Olivia era metódica y disciplinada. Al notar que no había ruido en la habitación, la empleada se preocupó de que necesitara ayuda; a fin de cuentas, el problema en su pierna era una realidad ineludible.
Olivia dejó el celular a un lado.
—Sí, enseguida salgo.
Su propia voz la sorprendió: sonaba ronca, al borde del llanto.
Para el desayuno, Rosa había preparado fruta picada y pan dulce. Olivia apenas pudo comer un par de bocados antes de sentirse llena.
—Señora, ¿qué le gustaría para la comida y la cena? —preguntó Rosa, dejándole un vaso de leche cerca de la mano.
—Lo que sea, pero... —Estuvo a punto de responder con su frase habitual: “Prepare lo que más le guste al señor”, pero se tragó las palabras a tiempo.
Rosa, acostumbrada a esa rutina diaria, entendió la intención y se apresuró a explicar:
—El señor Vargas avisó que no vendrá a comer hoy, tiene un compromiso de negocios.
Olivia asintió.
Claro que no vendría a comer. Ella ya lo sabía. Acababa de verlo en Instagram: Paulina había publicado un calendario detallado de quién invitaría a comer durante toda la semana y qué platillos se le antojaban. El texto de la foto decía: “El cariño de la época estudiantil es el más sincero. ¡Soy una niña mimada por mis muchachitos!”
La rutina diurna de Olivia consistía en estudiar el idioma durante dos horas, seguidas de varias horas de teoría del arte.
Si no buscaba algo en qué ocuparse, ¿cómo iba a soportar las horas muertas? ¿Iba a dedicar toda su existencia a esperar a que un hombre regresara a casa?
Ya lo había hecho antes. Y el sabor de la espera era demasiado amargo.
Pero esta vez su agenda era diferente. La carta de aceptación que había recibido debía ser de la última ronda de admisiones de la universidad, así que tenía que confirmar su plaza.
Por eso, lo primero que hizo fue realizar la transferencia bancaria para la matrícula. Cuando la notificación del cargo apareció en la pantalla de su celular, exhaló.
Estaba un día más cerca de dejar a Adrián.
Al atardecer, se cambió de ropa, lista para salir.
Rosa la miró con curiosidad.
—Señora, ¿a dónde va?
Sin la compañía de Adrián, Olivia casi nunca salía de casa.
—Una compañera de la universidad vino a la ciudad para una presentación, me invitó a verla —mintió.
En realidad, planeaba hospedarse en un hotel cerca del lugar del examen al día siguiente por la mañana. El examen era muy temprano, y temía que el tráfico le impidiera llegar a tiempo si salía desde casa.
Meses atrás ya había presentado el examen, pero no alcanzó el puntaje ideal. Aun así, como el plazo para las solicitudes de posgrado se agotaba, envió los papeles con esa calificación. Jamás esperó ser admitida, por lo que, por pura precaución, había programado este segundo intento.
Afortunadamente, la universidad permitía actualizar el certificado del idioma más adelante.
—Pero... —Rosa miró su pierna—, ¿quiere que la acompañe?
—No es necesario, es una reunión de chicas, sería incómodo llevar a alguien más —respondió Olivia, manteniendo una expresión indiferente.
—Entonces le avisaré al señor para que esté tranquilo —insistió la empleada, temerosa de que algo le sucediera bajo su supervisión.
—No, deja que trabaje en paz, no lo molestes. Cuando termine de ver a mi amiga lo llamaré para que pase por mí —dijo Olivia, tomando su bolso y saliendo por la puerta.
Considerando su dificultad para caminar, Adrián había comprado ese departamento de lujo en un piso con acceso directo, así que Olivia solo tuvo que tomar el ascensor para bajar.
En cuanto salió a la calle y sintió la luz del sol, bajó la cabeza por inercia. Encogió los hombros, se ajustó el sombrero y se subió el cuello del abrigo.
Desde que quedó coja, la Olivia que brillaba con confianza en los escenarios se había esfumado. La “Olivia lisiada” no tenía el valor de enfrentarse a la mirada pública.
Rosa siempre le decía que era mejor esperar a que el señor Vargas pudiera acompañarla. Adrián también repetía que, sin él a su lado, era mejor que ella se quedara en casa.

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