Sin embargo, aquella imitación exagerada provocó que los presentes estallaran en carcajadas. Paulina, sentada junto a Adrián, se rio con tantas ganas que terminó recargándose en el hombro de él. Y Adrián, para sorpresa de todos, no dijo ni una sola palabra...
Beto se dio la vuelta, todavía con la sonrisa.
—Es así...
La frase se le murió en la boca antes de terminarla al ver a Olivia parada en la puerta. Su sonrisa se congeló.
—O... Olivia...
Todos voltearon hacia la entrada. Se quedaron pasmados. Paulina se separó del hombro de Adrián y, con una naturalidad pasmosa, sonrió.
—Ah, tú debes ser la famosa esposa de Adri, ¿verdad? Pasa. Soy muy amiga de Adri.
Olivia recorrió con la mirada a todos los presentes en el privado y sintió un vacío doloroso.
Adrián se levantó y caminó hacia ella.
—¿Qué haces aquí? Solo estaban bromeando, no te lo tomes a mal.
Lo miró fijamente. Le pareció un extraño, más ajeno que nunca.
Resulta que, cuando otros se burlaban de su esposa, ¿decidía ponerse del lado de los burlones?
—Sí, eh... perdón. Era broma, no te enojes —se disculpó Beto, dejando su copa en la mesa.
—¡Olivia! —Adrián llegó frente a ella e intentó rodearla con el brazo.
Pero ella recordó a Paulina recargada en ese hombro riéndose, recordó la mano de él dándose placer en el baño, recordó ese “Pau” en aquel momento y sintió que esa mano estaba inmundamente sucia.
Se apartó.
Adrián miró su mano vacía, sorprendido, y suspiró.
—Me disculpo por ellos, ¿no te enojes, por favor? Regresando a casa te compro un regalo, lo que quieras, tú solo dime.
Paulina le lanzó una mirada de reproche juguetona a Beto.
—Ya hiciste enojar a la esposa de Adri, ¡discúlpate bien! Crees que todos son como yo, medio bruta y que tolero sus groserías, ¡ustedes bromean muy pesado con quien sea!
Olivia sonrió con amargura. Vaya santita...
Pero era obvio que ese grupo de hombres no notaba la manipulación; al contrario, se la tragaban entera.
Beto, al sentirse regañado, refunfuñó.
—¡Pero si ya me disculpé! No sabía que iba a llegar, en serio era broma.
—Una broma... —dijo Olivia con voz temblorosa, reuniendo todo el valor que le quedaba—. Solo es broma si a la persona de la que se burlan le da risa.
Era coja. No merecía a Adrián. Esa idea la había atrapado como una maldición durante los últimos cinco años. Cualquier mirada de duda o desprecio hacía que quisiera retroceder, esconderse en su nido como un animal asustado y no salir en mucho tiempo, lamiéndose las heridas en silencio.
Beto escuchó y masculló:
—¡Ya te pedí perdón!


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