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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 248

Capítulo 248 Pero Paulina era incapaz de levantarlo.

Cuando la gente se emborracha se vuelve pesada e imposible de manejar. Cada vez que Paulina lograba incorporarlo, él se aflojaba y volvía a caer.

—Pau, yo... te ayudo —dijo Beto, que apenas estaba un poco achispado. Se pasó el brazo de Adrián por la nuca y, entre los dos, por fin consiguieron sacarlo del restaurante.

Como el restaurante quedaba junto al edificio donde vivía Paulina, Beto lo llevó a su departamento.

—Pau, te dejo a Adri. Tomó de más, cuídalo bien. Yo no me meto en sus asuntos —dijo Beto con una sonrisa pícara y los ojos diciendo más de lo que sus palabras dejaban ver.

Paulina le puso mala cara con fingida indignación.

—Ay, ¿pero qué cosas dices?

Pero en cuanto él se fue, cerró la puerta.

Adrián estaba desplomado en el sofá. La camisa, que ya traía el cuello abierto desde antes, se le había desabotonado otros dos botones en el trayecto, dejando a la vista la delgada musculatura de su torso.

—Adri... —Paulina se acercó y lo llamó en voz baja.

Él arrugó la frente, como si fuera a despertar.

—Adri, ya llegamos a casa. ¿Por qué no te bañas y descansas? —murmuró ella, extendiendo la mano hacia los botones de su camisa.

Al sentir el contacto, él abrió los ojos.

—¿Quién es? —preguntó con voz ronca, la frente todavía arrugada.

—¡Soy yo, Pau! —dijo ella—. Hoy es tu cumpleaños, ¿ya se te olvidó? Estuvimos juntos celebrando, cantando, recordando los viejos tiempos...

Él entreabrió los ojos, tratando de enfocar a la persona frente a él, buscando con esfuerzo un hilo de lucidez.

—¿Pau?

—Sí, soy yo. Tomaste demasiado, y nosotros...

—¿Tomé demasiado? ¿Es mi cumpleaños? —Sacudió la cabeza despacio.

—Sí, hoy es tu cumpleaños...

Cuando los dedos de Paulina terminaron de desabrocharle la camisa y fueron a deslizarse hacia el cinturón, apenas rozó la hebilla y él se incorporó.

Adrián estaba recargado en la pared del ascensor; había presionado el 1. Al llegar a la planta baja, alguien entró y lo encontró ahí, sin moverse, apoyado en el fondo.

—Señor, ¿a qué piso va? Ya llegamos al primero —le indicó.

Adrián reaccionó como si saliera de un sueño. Dio las gracias y salió.

El guardia de seguridad lo conocía de antes. Tiempo atrás, cuando Paulina compró ese departamento, había sido él quien la había acompañado, y no era la primera vez que lo veía por ahí. Al verlo salir en ese estado, se apresuró a preguntarle:

—Señor, ¿lo llevo a su casa?

—Casa... —murmuró Adrián.

Confuso por un instante, sacó el celular del bolsillo.

—Pídame un taxi...

En el destino escribió la dirección de Santa María, la casa de la abuelita. Cuando terminó, le dijo al guardia:

—Voy a comer a casa de la abuelita.

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