Capítulo 312 —Deja que la paciente descanse tranquila. —Santiago agarró a Adrián por el cuello de la camisa y lo apartó de Mercedes.
—Déjame... —Adrián ya no soportaba a ese sujeto. Se dio la vuelta y levantó la mano para golpearlo.
Santiago le sujetó la muñeca con fuerza y bajó la voz hasta un susurro:
—Te dije que no molestaras a la señora mientras descansa. Señor Vargas, le pido que se comporte.
—¿Con qué derecho me pides que me comporte?— Adrián apretó la mandíbula—. Soy el esposo de Olivia.
¿Quién eres tú? ¿Con qué autoridad?
—Con la autoridad... de poder sacarte de aquí —dijo Santiago.
—¡Si tienes agallas, vamos afuera! ¡Aquí no! —Adrián también le sujetó la muñeca a Santiago y lo jaló hacia la puerta de la habitación.
Olivia los observaba con fastidio.
—Adrián, ¿ya fue suficiente?
Él no lo soltó. Sintiéndose muy contrariado, se dirigió a Olivia.
—¿Por qué siempre lo defiendes? Nos conocemos hace doce años. ¿A él hace cuánto lo conoces? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Y ya lo defiendes en todo? ¿Lo conoces en serio? ¿Es de fiar? ¿Así nada más le crees?
Olivia lo miró con hastío.
—¿Y eso qué importa? ¿Quieres que también compare quién te conoce desde hace más tiempo, si Paulina o yo?
El nombre de Paulina lo golpeó como un torbellino. Se quedó en blanco y le vino a la mente la escena de esa mañana en la casa de Paulina. Retrocedió un paso, como si algo dentro de él se hubiera desmoronado.
—Adrián, vete. No quiero ver a alguien cubierto de porquería, y tampoco voy a permitir que alguien así toque a mi abuelita. —Olivia habló todo el tiempo en un susurro, temerosa de que Mercedes la oyera y se entristeciera.
Un susurro, pero palabras tajantes. Para Adrián, siempre palabras despiadadas.

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