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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 470

Adrián rio con sarcasmo.

—No te arrepientes de nada. Lo que pasa es que te quedaste solo, sin nadie a tu lado, por eso recuerdas a mi mamá.

Roberto sonrió.

—¿Y tú? ¿Por qué razón estás pensando en esa muchacha?

Adrián sintió que esas palabras le cayeron como un balde de agua fría; la cabeza le zumbó y el dolor se desbordó.

—¡Tú no entiendes nada! ¡Yo no soy como tú!

—¿En qué eres diferente, hijo? —preguntó Roberto—.

Con el ejemplo tan desastroso que te di, ni siquiera te sirvió de escarmiento. ¿Dónde está la diferencia?

—¡Es diferente! ¡No tiene nada que ver! ¡Es distinto y punto! —Adrián no quiso seguir escuchando sus disparates—. ¿Con qué derecho me dices eso?

Tras el arrebato de furia, volvió a su habitación y se dejó caer en la cama. Seguía con el celular en alto viendo el video, viéndola bailar, hasta que poco a poco la vista se le nubló y dejó de distinguir cualquier cosa.

En algún momento, las lágrimas le empaparon la cara.

*** Esa noche soñó con muchísima gente.

Eran sus años de adolescencia, cuando la torpeza y la pasión convivían juntas, y todo era mucho más intenso.

Soñó con Rodrigo, a quien le encantaba dibujar. Un día lo descubrió haciendo bocetos de Olivia en plena clase, le arrancó el dibujo y lo hizo pedazos. Se fueron —a los golpes y desde entonces fueron enemigos. Esa enemistad seguía sin resolverse.

Soñó con Leonardo. Soñó que jugaban en el mismo equipo y que Olivia los miraba desde el rincón más discreto de la barra de animadoras en el campo deportivo. Cuando terminaba el partido, se iba en silencio.

Leonardo le pasó el brazo por el hombro, con la mirada puesta en la silueta de Olivia que se alejaba.

—Olivia, la de tu salón... se ve tan distante, tan orgullosa.

El muchacho entendió cuáles eran sus intenciones y le dijo:

—Lárgate. Si le pones un ojo encima, se acaba nuestra amistad.

Había chicos que le dejaban cartas de amor en el cajón del pupitre. Ella nunca recibió ninguna, porque él se encargaba de interceptarlas y de dejarles clara su advertencia.

A sus espaldas resonó una voz clara.

Se dio vuelta y vio a una muchacha con cola de caballo que llegó hasta él dando volteretas en el aire, una tras otra. 

—¡Olivia! —Abrió los ojos, pero frente a él solo estaba el techo vacío. Seguía acostado en la cama, con el celular apretado en la mano, la batería agotada.

Todo fue un sueño.

Su Olivia ya no iba a volver.

Puso el celular a cargar y se dio cuenta de que ya eran las nueve de la mañana. Su padre no había dado señales de vida, cuando lo normal era que se levantara a las seis.

Con un mal presentimiento, fue a la sala y, tal como temía, encontró a su padre tirado en el piso, inmóvil.

Se acercó a revisarlo: aún respiraba. Llamó a emergencias y la ambulancia se lo llevó.

Mientras la ambulancia recogía al paciente frente a la casa, la abuela del barrio pasaba justo en su auto. Al ver a Roberto en la camilla, se detuvo y exclamó, alarmada:

—Oye, viejo, ¿vives aquí? ¿Qué te pasó?

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