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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 380

Adrián negó y suspiró.

—Mejor ponte a buscar a Renata, averigua adónde se fue. No vayas a terminar como yo, arrepintiéndote cuando ya sea demasiado tarde.

—¡lmposible! —Beto agitó la mano—. Si no vienes, me voy solo. ¡Qué aburrido!

Beto se fue de juerga con un grupo de tipos de su edad. Pasó la noche entera entre luces de neón, copas y mujeres, entregado al exceso. Cuando salió, el teléfono sonó y entonces descubrió que su madre le había marcado más de diez veces.

La llamó de vuelta. Su madre le dijo que se sentía mal y que al día siguiente iría a Altabrisa a ver a un doctor.

Beto, borracho todavía, le dijo que sí sin pensarlo.

Al día siguiente, recién entonces se dio cuenta: su madre venía, pero Renata no estaba en casa. Tenía que hacer que ella volviera. Sin dudarlo un segundo, le marcó.

Renata contestó con un seco "bueno".

—Hoy viene mi mamá, dice que no se siente bien. ¿

Dónde estás? Regresa ya para que la lleves al hospital a que la revisen, no sé si va a necesitar que la internen. —Le habló como si nada hubiera pasado, como si Renata solo hubiera salido a comprar algo.

Ella estaba en la finca de café. Al escuchar ese tono, se le heló la sangre.

Llevaba cuatro años casada con él. Había renunciado a su trabajo para dedicarse en cuerpo y alma a ser la mujer detrás de él: criar a su hijo, atender a sus suegros. Su propia madre siempre había tenido mala salud, y encima su suegra se hospitalizaba dos veces al año; ella siempre la cuidaba. La señora era difícil de complacer: aunque podían contratar a una enfermera, se negaba, insistía en que Renata la atendiera.

En casa, Lucas era pequeño todavía, y aunque tenían empleada doméstica, como madre no podía solo desentenderse. En esos cuatro años, por él y por ese hogar, había trabajado más duro que si hubiera tenido tres empleos fuera de casa, y aun así jamás recibió

una sola palabra de reconocimiento. Para Beto, todo lo que ella hacía era lo mínimo esperado.

Incluso ahora, cuando ya le había dejado claro que quería el divorcio, él seguía sin tomárselo en serio.

Desde que se casaron, siempre había usado la tarjeta de crédito adicional de Beto. En fechas especiales y cumpleaños, él le daba un sobre con dinero; cada mes le pasaba algo para los gastos de la casa. Nada más.

En cuanto canceló la tarjeta, le mandó un mensaje: "

Tienes un día. No me importa dónde estés, vuelve inmediatamente. Todavía estás a tiempo de que arreglemos esto".

A Renata se le revolvió el estómago de amargura.

Ese era el hombre que había elegido, ciega como estaba. Aunque le cortara toda forma de sostenerse, ni siquiera se le había ocurrido pensar que su hijo estaba con ella. ¿Tampoco tenía la intención de velar por el sustento de su hijo?

Pero, por suerte, ella no dependía por completo de él para sobrevivir. En esos cuatro años había sido muy austera y tenía algunos ahorros. Además, tras la muerte de su madre, como hija única, el seguro de vida y las prestaciones por defunción quedaron a su nombre.

Al pensar en que a su edad todavía tenía que sostenerse con el dinero que dejó su madre al morir para salir adelante, sintió que no podía más.

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