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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 398

—¿Nuestros? ¡Ni en tus sueños! Hay niveles y Adri está a años luz de alguien como tú. —Paulina le dedicó una mirada despectiva.

Beto no se quedó callado y rio, burlón.

—Tu Adri, aparte de ser más guapo que yo, ¿en qué

me supera?

—En todo —replicó Paulina con un resoplido.

—¿En serio? —Beto se burló—. Estudiamos en la misma universidad, la misma carrera, fundamos la empresa juntos, y yo no trabajo ni un poco menos que él. ¿En qué se supone que me queda grande?

—Él es el presidente y tú el vicepresidente. Ahí está la diferencia —dijo Paulina con desdén.

La mueca burlona de Beto se acentuó.

—¿Y aun así te acuestas conmigo? ¿Por qué no vas y le pides lo mismo que a mí a tu Adri?

—Vulgar... —Paulina lo miró con desprecio.

—Deja de hacerte ideas y dedícate a cuidar el embarazo. Trae a mi hijo al mundo sano y salvo. —

Beto rio con cinismo—. Esfuérzate, ve y conviértete en la señora Vargas.

—Se dice fácil, pero ¿y si Adri pide una prueba de paternidad?

—No lo hará —afirmó Beto con seguridad—. Su mayor debilidad es que le da demasiada importancia a la lealtad de aquellos años, y confía ciegamente en la gente que tiene cercа.

Paulina lo observó sin entender.

—Beto, nunca pensé que fueras tan bajo. Adri te trata tan bien... ¿cómo pudiste traicionarlo?

Él le pasó el brazo por los hombros.

—Por ti, mi amor.

—No me vengas con eso —dijo Paulina con una risa sarcástica.

—¿Qué? ¿Te da lástima tu Adri? ¿Ya no soportas la culpa? ¿Te arrepentiste? ¿Al final sigues enamorada de él? —le siseó Beto al oído, apretando los dientes.

Paulina no contestó.

Mientras conducía, los recuerdos iban y venían en su mente, y sin darse cuenta llegó a la antigua casa de Leonardo. Una estancia de estilo campestre, rodeada de fresnos por todas partes.

Antes, cada otoño el suelo se cubría de hojas de fresno, y cuando esperaban afuera a que Leonardo saliera, las pisaban y hacían crujir. Era uno de esos placeres que solo el otoño podía dar.

Pero ahora los fresnos estaban frondosos y verdes, dentro del muro del jardín la maleza crecía salvaje, la reja de hierro estaba cubierta de óxido y tenía encima un par de orugas caídas de las ramas. No había el menor indicio de que alguien viviera ahí.

Se quedó parado frente a la puerta un largo rato. En realidad, no sabía ni por qué estaba ahí plantado como un idiota, pero sentía los pies clavados al suelo, incapaz de moverse.

De pronto, la puerta color ladrillo de la casita se abrió

y alguien salió. Sintió un vuelco en el pecho; miró con atención y resultó ser el padre de Leonardo.

—¡Señor Montiel! —gritó sin pensarlo.

El hombre entrecerró los ojos en su dirección y se acercó a abrir la reja.

—Señor Montiel, soy yo, Adrián. —Al ver su cabello canoso en su totalidad, Adrián sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. ¿Cuánto dolor habrá

tenido que soportar para que su cabello se tiñera de plata, delatando una vejez prematura?

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