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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 495

Conmoción, arrepentimiento, culpa... Al escuchar la última frase, se rio con amargura.

—¿Cómo crees? Por más que yo fuera así, tampoco...

—¡Claro que sí! —lo interrumpió—. ¿Te acuerdas de la escena clásica de "Titanic"? El protagonista sostiene a la chica desde atrás, parados en la proa, como si volaran. Si fuéramos tú y yo, yo ya estaría en el fondo del mar.

—Olivia... yo no...

—¡Cállate! No quiero escuchar más estupideces. Lo nuestro ya quedó atrás, así que hazme el favor de largarte bien lejos.

Adrián agachó la cabeza. Pasó un buen rato antes de que la levantara, y le dedicó una sonrisa.

—Está bien. Me retiro, ¿te quedas aquí sola?

Olivia no le contestó; solo se dio la vuelta.

Pasó al menos un minuto y no se escuchó nada.

Volteó a mirar: él seguía exactamente en el mismo lugar.

—¿No que te ibas? ¿Qué esperas?

—Está bien, ya me voy. —Empezó a moverse, pero le dijo—: Olivia, camina un poco, estira el cuerpo para que se te baje la borrachera. Si te mueves, vas a dejar de tener frío.

Dicho eso, se fue trotando hacia el otro extremo del barco. La embarcación navegaba bastante estable, así que corría con paso firme.

No iba a salir corriendo detrás de él; no estaba loca.

Se dejó llevar por la música hasta perderse en ella. No se dio cuenta de que los marineros se fueron acercando a mirar, ni se detuvo a pensar quién tocaba la armónica. Era una canción que cualquiera de su país podía tararear, ¿no? Que un marinero lejos de casa la tocara en altamar era lo más natural del mundo.

El hombre que tocaba la armónica entre los marineros, al verla danzando en cubierta, sintió que los recuerdos lo arrastraban de vuelta a aquellos días luminosos de los dieciséis años: la chica de uniforme militar, con su trenza, las polainas ajustadas a las piernas, girando, dando saltos mortales, saltando en la sala de ensayos...

Aquel muchacho distante y reservado que, parado afuera de la ventana, arrancaba una hoja de un árbol y, siguiendo el ritmo de la música del salón de ensayos, soplaba esa misma melodía.

Ella adentro, entregada al baile; él afuera, pausado, escoltando sus movimientos.

El alboroto y los aplausos interrumpieron sus recuerdos, ahogando el sonido de la armónica. La chica en cubierta dejó de bailar. Su mirada cruzó el grupo de personas y encontró al hombre que todavía sostenía la armónica contra los labios. En sus ojos parecía decir: "Así que eras tú".

Sí... era él.

Desde los dieciséis años hasta ahora, siempre fue él

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