Capítulo 643
Esa noche prometía ser de esas en las que nadie duerme.
A Olivia y a la abuela se les fue el sueño, y su tía y su primo también estaban emocionadísimos. Los cuatro se sentaron a conversar; la abuela incluso sacó las frutas y los bocadillos que tenía en casa, y el ambiente se animó más que en una fiesta de fin de año.
Durante esos años en el extranjero, Olivia había desarrollado un cariño muy profundo por su tía y su primo, y ni ella misma sabía cuánto la alegraba volver a verlos. Pero no podía quedarse conversando con ellos toda la noche porque tenía clases, así que la abuela la mandó a la cama.
A la mañana siguiente, al levantarse, escuchó a la abuela y a su tía hablando en la cocina.
La abuela le insistía a su tía para que saliera a descansar, pero Lorena se empeñaba en quedarse en la cocina. Decía que le recordaba su niñez, que ahí se sentía a gusto, que hacía quién sabe cuántos años que no probaba un caldo de carne con fideos.
Olivia se acordó de la cocina en Londres, donde, aunque tenían un chef privado, su tía y la abuela se ponían a recrear entre las dos los antojos del pueblo, y no pudo contener la risa.
Lorena la vio enseguida.
-Oli, ven, ven. Apenas termines de desayunar, deja que tu primo te lleve a la escuela.
-No hace falta que me lleve; voy sola. -¿No era todavía muy temprano para eso? Que su primo durmiera un rato más, si la noche anterior se habían quedado hablando hasta tardísimo.
-De todos modos, está ahí sin hacer nada. Ahora anda afuera regando las flores -dijo Lorena con una sonrisa.
¿Su primo? ¿Regando flores? ¿En serio? Olivia salió corriendo a ver y se lo encontró con la manguera en la mano, empapado de pies a cabeza.
-Santiago, ¿estás regando las flores o te estás regando tú? -Nunca había visto a Santiago con semejante facha; ni siquiera en su rancho lechero perdía la compostura, siempre tan tranquilo. Le dio un ataque de risa tan fuerte que no podía ni enderezarse.
Cuando Olivia miraba a Santiago, mostraba una cercanía y una familiaridad muy naturales, sin darse cuenta. Pero él sí lo notó, y no le pareció mal; solo pensó que esa prima suya era un poco confianzuda.
Pensándolo bien, tenía lógica. Alguien sin ese carácter confianzudo jamás se habría atrevido a escribirle un correo así, de la nada.


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