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Mi divorcio estaba a un día, y mis gemelos se parecían a él romance Capítulo 1

A finales de la primavera, Ciudad de las Flores llevaba varios días con un clima despejado, pero hoy, de repente, comenzó a caer una llovizna.

Joana Lozano salió del consultorio de ginecología tan distraída que no notó a la persona que caminaba por el pasillo. Chocó accidentalmente contra él y todos los documentos que llevaba en las manos cayeron esparcidos por el suelo.

—Lo... lo siento mucho —se disculpó de inmediato, agachándose a toda prisa para recoger los papeles.

Un zapato de cuero negro, brillante y evidentemente costoso, pisó justo sobre las hojas dispersas. Al no poder tirar de ellas, Joana levantó la vista y pidió con tono de disculpa:

—Señor, ¿podría levantar el pie, por favor?

El hombre no se movió. Joana sintió una mirada oscura y pesada clavándose sobre su cabeza.

De pronto, alguien más recogió una de las hojas y exclamó con fingida sorpresa:

—¿Cirugía de reconstrucción de himen?

Esa voz burlona y familiar hizo que Joana se tensara de inmediato.

Era Gabriela Juárez. ¿Cómo podía ser tan mala suerte encontrársela justo en el hospital?

Si ella estaba allí, el hombre de los zapatos costosos no podía ser otro que su futuro exesposo, Timoteo Montalbán.

Desde que Gabriela había regresado al país con su hijo, Timoteo le había exigido a Joana terminar su matrimonio por contrato tres meses antes de lo previsto. Durante ese tiempo, él siempre la acompañaba. Joana los había visto juntos infinidad de veces. Ya estaba acostumbrada.

Pero, este era el pabellón de ginecología. ¿Qué hacían ellos allí?

Joana se puso de pie con incomodidad. Vio cómo Gabriela se acariciaba el vientre plano, mirándola con un brillo de triunfo en los ojos.

Joana sintió un nudo en la garganta. ¿Acaso... estaba embarazada de Timoteo otra vez? ¿Iban a tener un segundo hijo?

Esa suposición fue como una aguja clavándose directo en el corazón de Joana. Sus propios hijos, desde que nacieron, jamás habían conocido a su padre. Estaban condenados a vivir escondidos, en las sombras.

—Joana, de verdad... no esperaba encontrarte aquí consultando algo como esto —dijo Gabriela.

—No es lo que piensas. Tú... lo estás malinterpretando.

Gabriela se aferró del brazo de Timoteo y soltó una risita suave.

—Ay, Joana, de verdad que no te respetas nada.

La gente que pasaba por el pasillo se detuvo a mirar. Aquella mujer vestida con ropa anticuada sostenía unos formularios sobre la reconstrucción del himen..

Los murmullos comenzaron a llenar el pasillo, cargados de desprecio y burla.

El rostro de Joana palideció. Tomó sus papeles y quiso irse, pero Timoteo le bloqueó el paso.

—Joana Lozano —advirtió con voz profunda y amenazante—, después del divorcio, no me importa lo que hagas con tu vida, pero ahora mismo, ¡más te vale recordar tu lugar!

Joana sintió un dolor sordo en el pecho que apenas la dejaba respirar.

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