Abrió la boca, pero la garganta se le cerró.
Las palabras de explicación le quemaban en la lengua, pero al final, se las tragó.
No tenía caso.
Si le decía que alguien más había usado su nombre para esa consulta y que ella solo había ido a investigar quién fue, ¿le creería?
Por supuesto que no. A sus ojos, cualquier explicación sería solo una excusa barata.
Ya lo había intentado antes en estos últimos años.
De todas formas, en cuanto pasaran los trámites de divorcio la próxima semana, irían al Registro Civil y no volverían a tener ninguna relación. Serían completos extraños. Que pensara de ella lo que quisiera.
Gabriela, usando su habitual tono dulce y comprensivo, intervino:
—Timoteo, mi amor, piensa que los gastos médicos de su madre en la clínica son muy altos. Todos estos años han dependido de la familia Montalbán. Si en el futuro no puede pagarlos, supongo que no le queda más remedio que recurrir a... estos métodos. Pero, Joana —continuó, mirándola con falsa lástima—, te aconsejo como mujer que valores tu cuerpo. Deberías tener un poco más de dignidad.
Los nudillos de Joana se pusieron blancos de tanto apretar los papeles. La furia le ardía en el pecho, deseando darle una buena bofetada.
Durante años, había soportado humillaciones en Villa Mirador solo porque los Montalbán pagaban el tratamiento de su madre. El doctor había dicho que su madre estaba mostrando mejorías y pronto podría valerse por sí misma.
Solo tenía que aguantar un poco más. Una vez divorciada, se llevaría a su madre y a sus hijos lejos de la capital. Nunca más tendría que lidiar con esa gente.
Gabriela parecía saber exactamente dónde dolía. Con una sonrisa delicada, le lanzó una mirada llena de provocación.
Fingiendo gran preocupación, sugirió:
—Timoteo, ¿por qué no le adelantas un poco de la compensación económica? Así le evitamos a Joana tener que salir a...
Venderse. No terminó la palabra, pero todos los presentes entendieron a la perfección la venenosa insinuación.
Las miradas del público se volvieron aún más despreciativas. Los susurros ya no eran tan discretos. Sentir todo ese asco dirigido hacia ella fue como recibir una lluvia de flechas heladas.
Los dedos de Joana temblaban. La ira reprimida finalmente estalló. Levantó la mano y le cruzó la cara a Gabriela con todas sus fuerzas.
—¡Zas!
—Timoteo...
El hombre acarició la mejilla enrojecida de Gabriela, con el rostro ensombrecido por la furia. Sujetó la muñeca de Joana con una fuerza brutal.
—Joana Lozano, ¿cómo te atreves? ¡Pídele perdón a Gabriela ahora mismo!
La apretaba tan fuerte que parecía a punto de romperle el hueso si no obedecía.
Joana frunció el ceño por el dolor, intentando soltarse.
—Tú... suéltame.
Pero Timoteo, al ver que se resistía, apretó aún más. Su mandíbula era una línea tensa y su tono fue glacial:
—¡No lo voy a repetir!
Sabía que si no se disculpaba, él encontraría la forma de destruirla. Veía la oscuridad en sus ojos. Pero no le importaba. No pensaba pedirle perdón a Gabriela.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi divorcio estaba a un día, y mis gemelos se parecían a él