Hacía mucho tiempo que Cristina no iba de compras y ni que pasaba tiempo con Brenda, por lo que andaba de muy buen humor.
Sin importar a dónde se dirigieran, las personas a su alrededor parecían estar manteniendo su distancia.
Entonces, Cristina volteó hacia atrás y se dio cuenta de que Natán la estaba siguiendo junto con un grupo de guardaespaldas.
«¡Con razón todas las personas nos evaden!»
Aquel grupo de hombres era intimidante.
Con una expresión adorable en el rostro, Cristina volteó a ver a Natán y dijo:
—Natán, ¿por qué no te adelantas a la casa? Te veo allá tan pronto termine de hacer las compras.
Traer a tantas personas detrás solo la hacía sentirse muy presionada.
Al notar el buen humor de Cristina, que hace mucho no veía, Natán le dio una palmadita gentil en la cabeza y dijo:
—Está bien. Búscame en el Corporativo Herrera ya que te desocupes.
Cristina asintió obediente y accedió.
Después de dejar a dos guardaespaldas en el lugar, Natán se retiró con los demás.
En eso, Brenda levantó su mano y le bloqueó la vista a Cristina.
—El señor Herrera ya se alejó bastante, ¿por qué lo sigues viendo?
Con una sonrisa tímida, Cristina empujó a Brenda hacia una tienda de accesorios en donde se vendían artículos exclusivos de una marca muy cara.
En ese momento, una vendedora las recibió y preguntó qué era lo que deseaban comprar.
Tras inspeccionar todos los artículos a detalle, Cristina eligió un brazalete de cristal rosa y se lo dio a la vendedora.
—Envuélvamelo, por favor.
Justo cuando la vendedora estaba por tomarlo, una mano salió de la nada y les arrebató el brazalete.
Emilia le echó un vistazo y declaró feliz:
—Este brazalete se ve bien. ¡Me lo llevo!
De pronto, un silencio invadió el lugar.
Cristina y Emilia compartieron miradas; había enojo en sus miradas.
Emilia, quien estaba casada con un hombre rico, andaba comprando a diestra y siniestra con su tarjeta dorada cuando, de pura casualidad, vio a Cristina. En ese momento, se llenó de ira y decidió que iría a desquitarse con ella.
Cristina alzó una ceja y dijo:
—¿Acaso tu madre no te enseñó a respetar a los demás?
Ante la mención de Miranda, el rostro de Emilia se desencajó de mera furia.
«Cristina tiene la culpa de que mamá y papá se estén divorciando. ¡Ni siquiera nos deja vivir en la residencia Suárez! ¡Ella es la culpable de todos los eventos desafortunados por los que la familia Suárez ha pasado!»
—Mi madre me enseñó a pelear con todas mis fuerzas por lo que quiero —respondió Emilia con tono burlón al tiempo que sostenía el brazalete con fuerza.
Para ella, el brazalete era bastante ordinario, pero estaba decidida a arrebatar a Cristina todo lo que quisiese.
Antes de que Cristina pudiese decir algo, Brenda no pudo contenerse más y, después de dar un paso al frente y mirar con desdén a Emilia de pies a cabeza, dijo entre risas:
—Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
—¿Quién te crees que eres para venir a hacerme menos? —gruñó Emilia; tenía los ojos bien abiertos.
Cristina solo la observaba y pensaba que tenía la apariencia de una mujer loca que solo buscaba problemas a la mínima provocación.
«Tras todo el dinero que Miranda gastó en criar a su hija, Emilia acabó siendo maleducada. ¡Qué gracioso!»
Con eso en mente, Cristina jaló a Brenda hacia ella y dijo:
—Olvídalo. Pidamos a la vendedora que nos dé otro brazalete.
Emilia sonrió feliz; había logrado quitarle el brazalete a Cristina.
«¡Si quieres meterte conmigo, primero deberías asegurarte de ser capaz de hacerlo!»
En ese momento, la vendedora susurró:
—Lo lamento. Ese brazalete es de edición limitada. Es el único que tenemos en la tienda.
Entonces, Emilia entregó el brazalete a la vendedora y ordenó:
—¡Pónmelo en una bolsa en este momento!
—Y ¡por qué habríamos de dejar que te lo lleves? ¡Cristina lo vio primero! —exclamó Brenda, quien se rehusaba a dejar que Emilia se saliera con la suya.
La actitud arrogante de Emilia era algo que Branda no podía soportar.
Al ver que la discusión no llegaba a ningún lado, la vendedora no se atrevía a empacar el brazalete por miedo a verse implicada en la situación.
Emilia sacó su teléfono y amenazó a la vendedora diciendo:

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