Cristina sentía que Celeste no tenía motivos para echar mentiras, así que se preguntó si el incidente no estaría relacionado con otras personas.
—Señorita Suárez, no se preocupe, generalmente cuando se dan este tipo de delitos se les considera como un caso de posible homicidio, así que la sospechosa no podrá librarse tan fácilmente —informó el oficial pensando que Cristina quería tomar venganza, porque de lo contrario, ¿por qué iba a dudar de la culpabilidad del sospechoso?
Cristina de inmediato hizo un gesto con las manos e indicó que el oficial la estaba malinterpretando.
—Eso no es lo que me preocupa.
El policía asintió antes de señalar el último espacio en la hoja de papel.
—También firmen aquí, por favor, después pueden irse.
Tras firmar la hoja, dieron las gracias al agente y se dieron la vuelta para irse. Cuando la pareja salió de la comisaría, Sebastián ya los estaba esperando en la entrada con el auto, entonces subieron y se fueron. Cristina iba sentada en el asiento trasero y parecía perdida mientras recordaba los acontecimientos del último mes; en su interior, no sabía qué sentir. No podía deshacerse de la sensación de que las cosas no eran tan simples como se veían, pues Celeste se negaba por completo a aceptar que ella le había hecho daño.
Y si en realidad fuera la autora intelectual de la agresión, no tendría manera de defenderse; la única explicación que Cristina sentía que tenía es que probablemente Celeste no era el cerebro detrás de todo, sino quien incentivó el ciberacoso y la difamación, lo que significaba que tal vez otra persona habría contratado a ese hombre para hacerle daño. Sin embargo, Cristina se dio cuenta de que no tenía sentido preocuparse por las especulaciones de su cabeza, porque estaba segura de que la policía se encargaría de descubrir la verdad y dar una explicación razonable.
De pronto, la chica sintió como el dolor de cabeza se le intensificó y una mano cálida se posó sobre su cabeza acariciándola con cariño.
—¿Qué tienes? ¿Te duele la herida? —preguntó Natán.
Cristina tarareó tímidamente asintiendo y frotó la mano de Natán contra su mejilla; le gustaba el aroma de su mano. Apoyó su cuerpo contra él y se acurrucó entre sus brazos.
—¿A dónde vamos?
—A casa —respondió él con indiferencia dejando que ella se recargara en él.
—Me duele la cabeza, así que no quiero ir a la Mansión Sharoncella, vamos a la Mansión Jardín Escénico. Por cierto, no le digas nada de esto a los mayores, no me gustaría preocuparlos.
Natán le acarició la mejilla y aceptó.
—Está bien.
Cristina se quedó en silencio y cerró los ojos para quedarse dormida mientras respiraba el tan familiar aroma de Natán.
…
Mientras tanto, dentro de la sala de interrogatorios, la tarjeta de crédito de Celeste estaba siendo investigada y en efecto, la había utilizado para pagarles a un grupo de actores, y también se confirmó que con esa misma tarjeta pagó a las personas que iniciaron el ciberacoso. Los castigos por cometer este tipo de delitos no eran demasiado severos cuando se descubre la culpabilidad de la persona, sin embargo, Celeste no había encontrado a nadie para que lastimara a Cristina, por lo que no admitiría el delito. Las pruebas actuales incluían la confesión del atacante y un pago sospechoso de una transferencia bancaria internacional.
La policía no pudo determinar si la persona que realizó la transferencia internacional fue Celeste, por lo que todavía no podían darle una sentencia. Así mismo, la familia Farra contrató un buen abogado para defenderla, y cuando estuvo con su padre, lloró desconsoladamente.
—Papá, tienes que creerme. Yo no contraté a nadie para que hiciera daño a Cristina.
—Sé que no fuiste tú y sin duda, haré justicia por ti. No permitiré que te acusen de algo que no hiciste —dijo su padre mientras la ira llenaba sus ojos.
«Aunque mi hija es vengativa, sé que no es tan mala como para cometer un acto tan atroz. ¿Quién tuvo el valor de echarle la culpa? ¡Encontraré al responsable y lo haré pagar!».
…
Cuando Cristina abrió los ojos de nuevo, ya habían llegado a la mansión. Natán la llevó adentro y pronto subieron a su habitación; ella se estiró un poco mientras se acostaba en la cama.
—Me duele la espalda luego de pasar mucho tiempo sentada —dijo la chica.
—¿En dónde te duele? ¿Quieres que te dé un masaje? —le preguntó Natán.
Lo que Cristina aceptó de inmediato.
—Claro, pero acuérdate de no hacerlo tan fuerte —dijo la chica mientras se giraba sobre la cama.

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