Mientras sostenía la caja de regalo con fuerza, Cristina se preguntaba si debería tocar la puerta de nuevo o solo esperar de pie afuera.
Con todo, sea cual fuere su decisión, no dejaría de ser raro. Lo único que Cristina deseaba entonces era que se la tragara la tierra para escapar de la incómoda situación en la que se encontraba.
De pronto, la mujer sintió que alguien la jalaba con fuerza del brazo; sus pupilas se dilataron del susto y, antes de que pudiera siquiera reaccionar, ya la habían jalado hacia otro lado. Luego, oyó el ruido sordo de la puerta y, al segundo siguiente, alguien la sostenía contra la parte trasera de la puerta.
La cara bonita de Francisco ahora llenaba la visión de Cristina; sus ojos eran tan atractivos que podrían seducir a el alma de cualquier persona.
A continuación, Francisco sonrió un poco al tiempo que estiraba el brazo recargándolo contra la puerta y manteniendo a Cristina cerca de su alcance.
—Parece que es el destino. Apenas y comenzaba a extrañarte y ahora estás aquí.
Cristina, sin embargo, mantuvo la calma; parecía inmune a sus palabras dulces.
La mujer le mostró la caja que cargaba en sus manos y dijo:
—Es solo una coincidencia. No te hagas ideas.
La última vez que se vieron fue en Helisbag. Después de despedirse aquel día, no volvieron a tener contacto hasta ahora. En aquel entonces, Francisco había terminado lastimado por su culpa en una de sus exhibiciones.
Ella, por su parte, terminó con mucho trabajo después de eso, por lo que se sentía un tanto culpable de haber olvidado el incidente.
El hombre observó su cabeza y preguntó:
—¿Ya te recuperaste de tu herida en la cabeza?
Cristina parpadeó sorprendida y dijo:
—¿Cómo sabes que me lastimé?
Pero antes de que Francisco pudiese explicarse, ella conectó los puntos y preguntó:
—¿Tienes a alguien siguiéndome?
Tan solo pensar en que alguien la ha estado vigilando la hacía sentirse muy molesta, tanto que dio un pisotón al hombre.
En consecuencia, Francisco se quejó entre dientes y le soltó el brazo.
—No tengo necesidad de hacer algo así. Yo tengo mis propios medios para saber sobre tus asuntos.
De inmediato, Cristina recordó la relación extraña entre Magdalena y Francisco y pensó que quizás fue ella quien compartió lo que le había pasado.
Esto solo la hacía molestarse más.
¡Magdalena y Francisco eran sus enemigos!
Con la caja en sus manos, resopló:
—Mientras sigas con esa retorcida mujer, no quiero estar ni cerca de ti.
Francisco cruzó los brazos sobre su pecho y sonrió de manera malévola:
—¿Estás celosa?
«¡Ay, mi pie!»
Cristina maldijo entre dientes. ¿Cómo podría sentir celos de su cuñado?
—No me importa qué tipo de relación tienes con Magdalena. Lo que no quiero es rodearme de gente complicada. ¡Y más te vale no estar pensando en hacerle algo a Natán porque ni creas que te saldrás con la tuya!
Cristina decidió no decir nada a Natán debido a que creía que solo se trataba de su suposición en ese momento. Si pasara algún día y Natán saliera herido, ella no se quedaría de brazos cruzados.
Esto no era sorpresa para Francisco, pero, al ver lo defensiva que cristina se estaba poniendo con respecto a Natán, no pudo evitar sentir un dolor en el corazón.
Un destello se hizo presente en sus ojos, pero pretendió que no le importaba lo que ella decía.
—Ya te dije que solo somos amigos. Por cierto, quiero que le hagas un vestido a mi madre.
El hombre cambió de tema tan radicalmente que, por un momento, Cristina no supo ni qué decir. No quería tener relación con Linda.
Francisco parecía entender lo que le pasaba por la cabeza, por lo que, con una sonrisa hostil, dijo:
—Yo te ayudé incluso cuando estaba herido aquella vez. Lo menos que podrías hacer es devolver el favor, ¿no lo crees? Además, eres mi cuñada.
La manera en la que pronunció la palabra «cuñada» venía cargada de menosprecio.
Pero Cristina no tenía razón para negarse y dijo:
—Está bien. Ya tengo la dirección. Mañana iré a visitarla.
Cristina no pudo evitar contener su emoción al ver la cifra escrita en el cheque. Después de todo, este era su primera ganancia a su nombre.
Geneva sonrió.
—Espero que no te niegues a colaborar conmigo más adelante.
Su razón detrás del comentario era simple: deseaba volver a trabajar con ella otra vez.
Aunque Geneva solía estar celosa del talento de Cristina, terminó reconociendo lo habilidosa que era. Además, al ser una persona al tanto de las últimas tendencias, si podía sacar beneficio de la otra persona, convertiría a su enemigo en amigo.
Cristina entendía esto muy bien.
—Por supuesto. El dinero que me ofreces no está nada mal. ¿Cómo podría rehusarme a ganar más?
Geneva estaba encantada.
—Me encanta que seas tan astuta.
—Bueno, me retiro —dijo Cristina con una sonrisa sutil; su rostro dulce se asemejaba a una flor que acababa de ser bañada por un rayo de sol.
Tras salir del lugar de filmación, Cristina informó a Brenda sobre las buenas nuevas casi de inmediato.
—Te quiero invitar a comer en forma de agradecimiento por ir a todas partes conmigo.
—Al menos tienes buena consciencia.
Después de la conversación con Brenda en el teléfono, Cristina llamó a un taxi para encontrarse con Brenda en el lugar de pizzas.
La verdad era que Brenda había sido de gran ayuda últimamente, en particular con los detalles en el estudio. Brenda había sugerido que se añadiera a las cajas de regalo un logo especial para resaltar su exclusividad.
Tras una ronda de debate, por fin eligieron un diseño para las cajas de regalo.
Brenda incluso seleccionó un paquete de elaboración de café para entretener a los clientes y hasta compró un sillón y un par de escritorios de trabajo.
Con eso, el estudio por fin se veía profesional; los clientes quedarían fascinados con la atmósfera del lugar.
Durante el día, mientras trabajaba en el diseño del vestido en su estudio, Cristina recibió una llamada y contestó el teléfono si revisar quién era.
—Cristina, oí que te habías lastimado. ¿Ya estás mejor?

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