Tan pronto Lorenzo se retiró, el semblante de Sara se ensombreció y dijo:
—Cristina, ¿qué fue eso? El señor Echavarren te invitó porque vio algo valioso en ti. Aprende a ser agradecida.
Cristina solo hizo una mueca; le importaba un comino la invitación.
«Es claro que ese hombre horrible tiene malas intenciones. Si no, ¿por qué razón sería tan atento con una mujer que ni siquiera conoce? ¡De seguro quiere algo! Nada en la vida es gratis».
—Entonces llámame ingrata —respondió Cristina encogiendo los hombros y sin inmutarse.
Al oír esto, Sara gruñó molesta:
—¿Tienes idea de cuánto venden las revistas VIS? O ¿cuánta fama podrías ganar por aparecer en una edición de VIS? Muchos matarían por tener esta oportunidad y ¿tú lo rechazas?
Este comentario incomodó a Cristina, quien respondió:
—Y ¿por qué no le das esa oportunidad a Margarita? Parece que ella lo necesita más que yo.
Cristina no estaba interesada en oportunidades ganadas de esta manera.
Sara quedó pasmada.
Cristina llevaba años trabajando como diseñadora y apenas y era conocida en la industria de la moda. Además, en la competencia pasada no consiguió captar la atención de la multitud. Si quisiera darse a conocer, lo lógico sería que no dejara pasar esta oportunidad de oro.
Al final, Sara resopló y dijo:
—Cristina, estas oportunidades no aparecen todos los días. Espero que medites muy bien en esto antes de que me des tu respuesta final.
Con eso, Sara se fue por su cuenta.
«No hay necesidad de esperar. Te puedo dar mi respuesta ahora mismo y es: no».
Tras esto, Cristina se encogió de hombros y se retiró del evento.
…
Un rayo de sol naranja pintaba el cielo de la mañana.
Cristina acababa de despertar y, sin prisa por dejar la cama, se dio un estirón. Luego, se puso a usar su teléfono.
Lo primero que vio al entrar a la aplicación de moda fue a Margarita, pero, en lugar de que se estuviera hablando de su trabaja, ahora solo había chismes sobre ella.
Al parecer, un reportero había tomado fotografías de la mujer presente en un lujoso evento de cóctel para hombres de negocios en donde se le vio coqueteando con herederos influyentes.
Cristina se limitó a leer solo algunas de las publicaciones antes de cerrar la aplicación; encontraba este tipo de noticias aburridas.
Al darse cuenta de que era muy temprano, salió de la cama y, todavía en pijamas, se dirigió a su cocina en el primer piso.
Cerca de la hora del desayuno, Natán regresó de la empresa y se fue directamente a la habitación de arriba.
Después de darse un baño, se puso sus pijamas y, cuando estaba por ir a despertar a Cristina, se dio cuenta de que la cama estaba vacía.
«¿Está despierta tan temprano?»
Pero Natán no le tomó mucha importancia y se puso un traje antes de bajar al primer piso.
Mientras bajaba, oyó unos pasos y vio a una figura delgada salir de la cocina con un plato de salchichas. Luego, la mujer regresó a la cocina solo para volver a salir con un tazón de avena.
Cristina había pasado la mañana entrera a trabajar en la cocina.
Su cabello sedoso estaba atado en una cola de caballo con un par de mechones sueltos que acariciaban su cuello. La luz la iluminaba de modo que su piel parecía irradiar un brillo tenue. La mujer también portaba pijamas con estampado de caricaturas que le daban una apariencia cómoda y familiar.
Ella levantó la cabeza y, cruzó su mirada cristalina con la de Natán y dijo:
—Ven. Acompáñame a desayunar. Luego, con sus delgadas manos, pasó un tazón al hombre— También hice un cóctel de frutas. Dame un segundo.
Natán observó el desayuno caliente sobre la mesa y sintió que se le derretía el corazón de felicidad.
Pronto, ambos se encontraban desayunando juntos.
Cristina mordió la salchicha y sonrió feliz; estaba satisfecha con su sabor.
A continuación, Natán preguntó:
Ese día, Cristina tenía planeado diseñar el vestido para Linda y, una vez que terminó de dibujar el diseño, lo envió a la mujer. Pero todo lo que recibió en respuesta de su parte fue: «Que mi hijo decida por mí».
Rita, por su parte, estaba sin palabras.
«¿No es este Francisco Fernández, la celebridad? No hay manera de confundirlo. ¡Su rostro está por todos lados!»
—¿Francisco Fernández? —preguntó Rita con un chillido tan pronto regresó a la realidad.
Parecía que a Rita le tomaría un buen rato tranquilizar sus emociones.
Francisco ya estaba acostumbrado a este tipo de reacciones, por lo que dirigió su atención a la ventana desde donde podía ver la silueta de Cristina a través del cristal.
Ese día, Cristina portaba un vestido de un color suave y, a pesar de lo grueso de la tela, seguía viéndose delgada.
Acto seguido, el hombre entró al taller y, tras colocar una taza de café en la mesa, dijo con tono juguetón:
—Al que madruga, le traen una taza de café.
Cristina soltó una risita.
—¿De qué hablas?
Con todo, tomó la taza de café sin pensarlo y le mostró el diseño que tenía en su tableta.
—Este es el vestido para la señorita Mendoza. Pidió que tú te encargaras de los toques finales del diseño. Así que, ¿hay algo que quieras cambiar?
Francisco tomó la tableta en sus manos y, después de estudiar con cuidado el diseño, dijo:
—Tus diseños son cada vez mejores. Yo creo que si añadimos más borlas con pendientes ayudaría a que el vestido resalte mucho más.
Dicho esto, el hombre comenzó a dibujar pendientes de cristal sobre el diseño.
Por lo general, los diseñadores odiaban que otros alteraran sus diseños, pero a Cristina no le importaba mucho. En realidad, estaba fascinada con el dibujo del hombre.
—No sabía que eras bueno para el diseño. Muy bien. Haré el vestido tal y como lo deseas.
Con las borlas y pendientes de cristal adornando la cintura, daría a quien portara el vestido una apariencia y un aura mucho más etérea. Y, con la figura cuidada de Linda, este estilo de vestido resaltaría su belleza.

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