—Si soy tan talentoso, ¿por qué no me haces tu discípulo? —dijo Francisco con una sonrisa pícara.
«Sería lindo poder pasar tiempo con ella todos los días».
—Eres una celebridad de renombre. ¿Por qué habrías de querer entrar al mundo del diseño? Sería un desperdicio de tu talento —respondió Cristina tras casi ahogarse con su café.
«Este hombre gana más dinero solo por estar de pie ahí que yo diseñando una falda».
A continuación, Francisco se sentó en el sillón y se recargó en el respaldo con la cabeza hacia atrás mientras el sol bañaba su figura; parecía cual ángel extraviado que nos dignaba con su presencia en el mundo de los humanos.
La escena era tan serena que nadie se atrevía a perturbar la tranquilidad del ambiente por temor a despertar al ángel e irrumpir la belleza del momento.
—Ya me cansé de ser una celebridad. En realidad, no es algo que disfrute hacer. La única razón por la que decidí estar bajo los reflectores fue para fastidiar a Natán —respondió el hombre con honestidad.
Natán estaba decidido a mantener la identidad de Francisco como hijo ilegítimo en secreto e intentó mantenerlo lejos del ojo público. Sin embargo, Francisco luchó contra viento y marea para lograr destacar; quería que el mundo supiera de su existencia.
Trabajó durante años para ganar popularidad, pero ser un hombre reconocido no le daba la felicidad que buscaba.
En cambio, compartir el mismo espacio que Cristina le brindaba un sentido de confort y tranquilidad.
Cristina, quien estaba trabajando en los detalles de su borrador en la tableta, miró al hombre de reojo y dijo:
—¿Por qué habría de arriesgarme a meterme en problemas por hacerte mi discípulo? Capaz y conspiras junto con Magdalena en mi contra.
Con Magdalena cerca, Cristina no podía permitirse bajar la guardia.
Si bien el incidente con Celesta ya había quedado en el pasado, seguía sin saber quién había sido la mente maestra detrás de todo esto.
«Juzgar la verdadera naturaleza de una persona es complicado. Nadie sabe lo que se esconde detrás de las acciones de las personas».
Tras decir esto, la habitación se llenó de silencio y, cuando se dio la vuelta para mirar a Francisco, notó que el hombre parecía haberse quedado dormido.
Mientras cabeceaba, ladeó la cabeza en un ángulo que acentuaba la curva de su cuello; su manzana de Adán sobresalía de manera que parecía emanar una varonilidad intensa y cautivadora.
«Los internautas tienen razón. En definitiva, se merece el título de la belleza más encantadora de la industria del entretenimiento».
Cristina se concentró de lleno en su proceso de selección de materiales y su trabajo en general y se abstrajo de su entorno. Fue solo hasta entrada la tarde que se dio cuenta de que Francisco seguía ahí.
El hombre, quien había pasado toda la mañana dormido, estaba recostado en el sillón.
Para una persona tan alta y larguirucha como él, estaba claro que el sillón no era el lugar óptimo para dormir.
Entonces, Cristina se acercó a él y dijo:
—Francisco, ve a dormir a casa. Te aviso ya que tenga listo tu traje.
Pero el hombre parecía estar perdido en un sueño profundo.
Cristina no supo ni qué decir.
«¡Por dios santo! Este hombre es toda una celebridad famosa. ¿qué hace dormido en mi oficina? Esto no es ningún hotel. ¡Debería irse a dormir a su casa!»
—Francisco, despierta. Debo irme pronto.
Cristina intentó despertarlo varias veces sin éxito. El hombre seguía sin dar respuesta como si tuviese los oídos tapados con algodón.
—Despierta, Francisco…
Al final, no le quedó más remedio que darle un toquecito en el hombro para hacerlo reaccionar.
«¿Por qué se siente tan caliente al tacto?»
En eso, Cristina notó que sus mejillas estaban rojizas.
Al principio pensó que el hombre todavía portaba el maquillaje de algún rodaje, pero ahora parecía rubor de fiebre.
Cristina no sabía qué hacer.
«Si no se sentía bien, debió haber ido al doctor. ¿Por qué vino conmigo?»
—Vamos, Francisco. ¡Despierta! Tienes fiebre. Llamaré a una ambulancia —dijo Cristina.
Sabía que era imposible para ella cargar a un hombre de casi dos metros, por lo que sacó su teléfono y se preparó para hacer una llamada.
Acto seguido, el hombre colgó la llamada, como si temiera que Cristina continuara pidiéndole de su ayuda.
Cristina no pudo más que suspirar.
La última vez que Francisco se lastimó, ella no pudo prestarle demasiada atención por estar ocupada con el concurso. Pero ahora, le había llegado la hora de responder por sus actos.
Cristina puso en una bandeja un vaso con agua tibia y la medicina y se dirigió a la sala de descanso; el pequeño espacio estaba impregnado del sutil aroma a sándalo proveniente del mismo Francisco.
El hombre, quien seguía dormido, se mostraba en mal estado, aunque su marcada mandíbula daba un toque de elegancia a su aura.
—Francisco, toma tu medicina primero —dijo Cristina mientras le pasaba el medicamento y un vaso con agua.
Adormilado, Francisco abrió sus ojos de a poco y, al ver la preocupación genuina en la mirada de la mujer, dijo bromeando:
—Me siento como uno de tus amantes.
—No tengo el dinero para tener a una celebridad como tú como uno de mis amantes —resopló Cristina.
Francisco sonrió un poco.
Incluso con su tez pálida, desprendía un encanto frágil y hechizante a la vez; era una visión tan irresistible que podría cautivar a cualquiera.
El hombre estiró la mano y tomó la muñeca de Cristina para guiar la medicina de su mano a su boca.
Mientras hacía esto, rozó sus labios contra su piel de manera intencional y le plantó un beso.
—¿Q-Qué estás haciendo?... —exclamó Cristina, sonrojándose de inmediato.
«Está enfermo. ¿Cómo es que todavía tiene la energía para molestarme?»
Sorprendida, retrajo su mano, aunque todavía podía sentir el calor le había dejado el contacto del hombre.
Después de tomar su medicina y un vaso de agua, Francisco dijo:
—Gracias por la medicina. Aún te importo, ¿no es verdad?

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