―Continuaremos investigando el incendio. Debería ir con sus familiares ―dijo el policía antes de marcharse.
La enfermera llevó a Cristina a la sala. Sharon seguía inconsciente y la condición de Ángeles era más grave. En ese momento, la estaban tratando en la sala de operaciones. Sharon estaba en la cama y su figura frágil lucía como si cada respiración pudiera ser la última. Cristina sintió dolor en su corazón al verla y se sentía abrumada de preocupación por ella. Sus ojos se pusieron rojos y sintió una presión en su pecho que no la dejaba respirar.
―Mamá…
Cristina cerró los puños mientras su corazón se llenaba de ira. La enfermera le recordó en un tono gentil:
―Señorita Suárez, su abuela sigue en la sala de operaciones. ¿Quiere que la lleve?
Por lo general, uno le daba prioridad al paciente más grave. Cristina se tranquilizó y asintió antes de salir con la enfermera. La luz roja afuera de la sala de operaciones llenó de ansiedad a Cristina. Ella nunca se había sentido tan inquieta, ni siquiera en los momentos más difíciles cuando no podía comprar comida, pagar sus facturas o cuando se quedó sin casa después del desalojo de Miranda por la noche. La situación actual superaba todo eso en términos de preocupación y temor. En ese momento, temía recibir malas noticias sobre su abuela.
Cristina no tenía idea de cuánto tiempo se quedó en la puerta o cuándo Natán la llevó a una silla para que pudiera descansar. Su mente era un tormento de emociones que se alternaban entre decirse a sí misma que todo estaría bien y temer que la edad de Ángeles le dificultara su recuperación. Estaba por volverse loca mientras ambos pensamientos torturaban su mente. Natán tomó su mano con fuerza. Él sabía que decir algo en ese momento no tenía sentido y le hizo compañía sin decir nada. Poco después, la luz roja desapareció. Cristina despabiló y se apresuró hacia la puerta.
―¿Cómo está mi abuela, doctor?
―La condición de la paciente es inestable, podremos saberlo hasta que pase el punto crítico ―dijo el doctor con seriedad antes de marcharse.
En ese momento, la enfermera sacó a Ángeles, quien seguía inconsciente, fuera de la sala de operaciones.
―Familiar de Ángeles, venga conmigo por favor.
La enfermera llevó la camilla hacia la sala mientras le daba instrucciones a Cristina del cuidado de Ángeles. Mientras observaba el rostro pálido de su abuela, Cristina sintió que sus ojos se volvían a llenar de lágrimas. Luego de dejar todo listo, la enfermera salió de la sala. Cristina se sentó entre las camas de Sharon y Ángeles. Ambas eran las personas más importantes de su vida.
La puerta de la sala se abrió suavemente y entró Natán. Se acercó a Cristina y acarició su hombro antes de asegurarle:
―No te preocupes. Ya contacté al mejor doctor en este hospital, el profesor Alonso Lara. Vendrá mañana para evaluar sus condiciones.
Cristina lo miró con gratitud y asintió. Habían pasado tres horas desde el incendio y Natán se sintió asombrado por la fortaleza de Cristina. Se mantuvo como la mujer joven y resistente de la que se había enamorado, incluso ante una adversidad tan grave.
Cristina no pudo dormir esa noche. Se sentó a un lado de sus camas y las observaba. Fue hasta que llegó la mañana que por fin se sintió exhausta y se quedó dormida en los brazos de Natán. Esa mañana, la enferma causó un alboroto cuando llegó para hacer rondas. Natán la miró con desagrado y preguntó:
―¿Ya llegó el profesor Alonso Lara?
―El profesor Alonso Lara se está cambiando. Pronto estará aquí ―dijo la enfermera, quien sintió escalofríos y huyó de la sala después de decir eso.
Natán despertó a Cristina hasta que el doctor apareció después. Luego de hacerles un examen exhaustivo, Alonso Lara evaluó la condición de Sharon y Ángeles antes de dar un diagnóstico.
―Señor Hernández, este contrato se necesita para mañana. Puse los documentos urgentes en la carpeta roja para su atención inmediata ―dijo Sebastián a Natán mientras se ocupaba organizando los documentos.
Natán leyó el documento con cautela antes de firmarlo. Luego de revisar algunos documentos, sintió que su corazón se contraía por alguna razón. El darse cuenta de ello, su mirada se oscureció y pensó:
«¿Pasa algo malo con mi salud por no haber descansado en los últimos días?»
Una línea profunda apareció en su entrecejo mientras bajaba su bolígrafo. De pronto, Cristina apareció en su mente y tuvo un mal presentimiento en su corazón. Se levantó de repente y salió del estudio. Cuando Sebastián levantó la mirada de los documentos, se dio cuenta de que estaba solo en el estudio.
Natán empujó la puerta del baño y encontró el cuerpo de Cristina empapado en agua. Su rostro lucía pálido y sin vida, y parecía que había dejado de respirar.
―¡Cristina!
Natán se apresuró hacia la bañera y la levantó. Bajo las luces, lucía tan pura y frágil como la nieve. Sus cejas delicadas y sus labios lucían morados, parecía una sirena deshidratada a punto de perecer en cualquier momento.
―¡Cristina! ―gritó Natán con desesperación, pero ella no respondió porque había perdido la consciencia.
Natán sintió que su sangre se helaba mientras salía corriendo del baño con Cristina en sus brazos. La puso sobre la cama de forma gentil y luego le dio un masaje cardíaco y respiración artificial para revivirla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?