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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 300

Luego de varias rondas, Cristina escupió bocadas de aire y por fin recuperó el pulso.

―¿Cómo te sientes, Cristina?

Cristina no dijo nada. Solo abrió los ojos ligeramente antes de desmayarse de nuevo. Los brazos de Natán se tensaron. Aunque no dijo nada, la hostilidad que radiaba de su cuerpo era tan inmensa que llenaba todo el ambiente. Encendió todos los calefactores en la habitación. Después de ayudar a Cristina a cambiarse de su ropa empapada, puso su mano grande sobre su frente suave. Su cuerpo comenzaba a sentirse caliente y sus mejillas estaban sonrojadas. Natán frunció el ceño. Se dio cuenta de que Cristina había comenzado a tener fiebre y tomó su teléfono para llamar al doctor de la familia.

―Lo necesito aquí en diez minutos.

Luego de terminar la llamada, arrojó su teléfono al sofá. Después de diez minutos, Raymundo llevó al doctor a la habitación. Tenía el rostro lleno de ansiedad al decir:

―Señor Hernández, había mucho tráfico…

Al notar la mirada glacial con la que Natán lo estaba viendo, el doctor se tragó sus palabras y se apresuró a entrar a la habitación. Cristina se encontraba en la cama con una fiebre alta. Tenía el ceño ligeramente fruncido y su rostro estaba ardiendo. Era evidente que no estaba nada bien. El doctor le tomó la temperatura y le dio medicamento, además de ponerle intravenosa.

―Señor Hernández, ¿sabe cómo cambiar la intravenosa?

―Sí.

Él era el heredero del Corporativo Hernández, así que había aprendido todo tipo de cuidados de primeros auxilios desde joven.

―Cuando se acabe este bote, cámbieselo por el de color amarillo. Y al final, el suero de glucosa.

Después de explicarle, el doctor se marchó y la habitación quedó tan silenciosa que parecía que el tiempo se había detenido. Una luz cálida y dorada iluminaba la habitación de forma tenue. Cristina y Natán estaban acostados juntos, Natán sentado en la cama mientras sostenía el cuerpo ardiente de Cristina. Había un ligero aroma en el aire que Natán pudo percibir. Al inhalar la fragancia, el hombre sintió que Cristina había llenado cada célula de su cuerpo.

Al día siguiente, los rayos del sol saturaron la habitación por la mañana, iluminando cada esquina. Cristina había recibido todas las dosis del suero. Había una vende en el dorso de su mano y ella seguía mareada. Se encontraba exhausta la noche anterior y se quedó dormida en la bañera. En una ocasión que despertó, abrió los ojos y notó lo ansioso y preocupado que Natán lucía. En ese momento, se dio cuenta de que era una demostración genuina desde el fondo de su corazón. Una sensación cálida creció dentro de ella y sus labios pálidos formaron una sonrisa débil. Cristina quería levantarse, pero el más mínimo de sus movimientos despertó a Natán, pues ella estaba entre sus brazos.

El hombre la abrazó fuerte con sus brazos largos y puso su mentón sobre sus hombros delgados. Con una voz perezosa y a la vez profunda, dijo:

―¿Apenas te recuperas y no te puedes quedar quieta?

Cristina se sorprendió por un momento y luego se giró para mirarlo y decir:

―Yo… estoy pensando en ir a visitar a mi mamá y a mi abuela.

La luz del sol bañaba el rostro puro y suave de Cristina. Sus ojos brillantes eran tiernos y cálidos, provocando que cualquiera se enamorara profundamente de ella. Natán levantó su mano y sujetó la parte trasera de su cabeza antes de acercarla hacia él de forma dominante, tan cerca que sus narices rozaban. El hombre sintió que su corazón se ablandaba cuando sus ojos se encontraron con su mirada inocente.

―De acuerdo. Te llevaré.

Cristina sonrió y le dio un pequeño beso en la mejilla.

―Vámonos.

Al llegar al hospital, Cristina no dejó que Natán la acompañara.

―Ven a recogerme cuando salgas del trabajo.

―De acuerdo.

Natán tenía asuntos que atender en el trabajo y no podía quedarse mucho tiempo.

Las condiciones de Ángeles y Sharon se habían estabilizado después de un par de días. Sharon por fin había recuperado la consciencia después de las inyecciones de nutrientes que recibió en los últimos días. Cuando vio a Cristina, se sintió tan abrumada con sus emociones que tosió un par de veces.

―Cristina…

―Te acabas de despertar, mamá. No te agites mucho.

Cristina le sirvió un vaso de agua a Sharon y tocó su pecho para decir:

―Mamá, ¿viste quién entró a la casa y provocó el incendio?

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