La puerta se abrió desde adentro. Una enfermera salió sosteniendo una bandeja médica completamente vacía. Dentro no había rastro de nadie.
Sebastián se quedó perplejo.
—Parece que el Profesor Salazar está demasiado interesado en mi gente. ¿Dejó la academia para dedicarse a investigar chismes ajenos? —Lanzó Tiago.
Al notar el evidente hastío en su rostro, Sebastián prefirió no seguir provocándolo.
Aunque la familia Salazar y los Torres tenían una influencia equivalente en la alta sociedad, desde que Tiago tomó las riendas de la Corporación Torres, sus métodos se habían vuelto despiadados.
En cuanto a su amistad, no era más que un simple título de antaño dentro del mismo círculo social.
—Mis disculpas —Sebastián dio media vuelta y se marchó.
Logró calmarse. Isabel provenía de un entorno común; ¿cómo podría estar relacionada con un magnate intocable como Tiago Torres? Pertenecían a mundos distintos.
Pero justo cuando Sebastián desapareció por el pasillo, Isabel salió desde el pasadizo opuesto.
Tiago apartó la mirada del vacío y se fijó en ella.
—¿Y bien? ¿Sigues viva?
Isabel alzó la barbilla para mirarlo.
—¿Tanto deseas que me muera?
—Para alguien tan estúpida como tú, seguir respirando es un desperdicio de recursos médicos.
El aire se volvió pesado y denso.
Tras unos segundos, Isabel asintió, pálida y resignada.
—Haré mi mejor esfuerzo por cumplir tus deseos pronto.
Y comenzó a caminar hacia la salida.
Enzo, a un lado, se apresuró a intervenir para aligerar la tensión.
—El corte en su frente es profundo, pero si se aplica el ungüento a tiempo, no dejará una gran cicatriz. Además, tiene una conmoción cerebral leve, por lo que necesita descansar.
—¿Quién te preguntó? —lo interrumpió Tiago, fulminándolo con la mirada antes de adelantarse a paso rápido.
Enzo parpadeó, desconcertado.
*Si no preguntó, ¿entonces por qué me arrancó el informe médico de las manos para leerlo?*
.
En cuanto Isabel cruzó las puertas automáticas, Tiago la metió en su auto sin darle opción a quejarse.
En realidad, ni siquiera habría puesto resistencia. Después de semejante tormenta, sería imposible conseguir un taxi, y su pobre orgullo ya había sido pisoteado hasta volverse polvo por él. ¿Qué más daba un golpe más?
Al llegar a Villa Serena, la casa que compartía con Sebastián, Isabel empujó la puerta del auto con apatía.
—Gracias.
—Gabriela Galán y Sebastián salían en secreto hace cinco años —soltó Tiago en un tono monótono, como si hablara del clima.
Isabel se estremeció.
*Por cierto, se comió el pastel que yo le compré, así que asegúrate de darle algo para el estómago.*
Isabel no quería responder, pero los mensajes no paraban de llegar, todos desbordando disculpas, lamentando su falta de consideración y su terrible culpa.
Un tono extremadamente educado que a Isabel solo le revolvía las tripas.
Con los dedos temblorosos, le contestó:
*¿El servicio posventa es tan malo que no incluye el paquete completo en la cama?*
Al fin, el mundo se quedó en silencio.
.
Era plena madrugada.
Se escuchó el motor de un auto en el patio. Poco después, se abrió la puerta de entrada. Él entró directo al baño, seguido por el sonido de la regadera.
Isabel apretó las sábanas, con la mente hecha un torbellino.
El baño se abrió y un ligero aroma a sándalo impregnó la habitación.
Sebastián se acostó en el lado opuesto de la cama.
Apenas se sentía su presencia; entre los dos había espacio suficiente para que durmieran otras dos personas.
Desde que se casaron, él siempre actuaba así.

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