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Mi ex suplica, mi esposo manda romance Capítulo 10

Le dio tanto asco que quiso gritar improperios, pero se contuvo y le dio un fuerte abrazo a Isabel.

—Déjame el tema del departamento a mí.

.

Isabel salió de la modesta oficina y regresó a la casa para hacer sus maletas.

Ropa, joyas, bolsos... metió todo en cajas. Pensaba venderlo para tener liquidez. De cualquier forma, ya lo había hecho firmar los acuerdos de cesión voluntaria de bienes.

A pesar de que Sebastián no participaba en el manejo directo de la corporación familiar, sus jugosos dividendos anuales lo hacían sumamente generoso en el ámbito financiero.

Y precisamente por esa falsa seguridad económica, ella nunca llegó a dudar de él.

Qué tonta había sido. Solo ahora comprendía que el acuerdo prenupcial que el patriarca la había forzado a firmar, estipulaba que todos los regalos que recibiera de su esposo volverían a la familia en caso de divorcio.

¿De verdad Sebastián ignoraba la existencia de ese contrato?

—¿Qué estás haciendo? —La voz refinada de Sebastián sonó a sus espaldas, tomándola por sorpresa.

Isabel se giró. No se había dado cuenta en qué momento había entrado. Lo miró desde el umbral de la habitación.

—Ya no me gustan. No los quiero.

Sebastián se agachó para recoger una pequeña caja de terciopelo y la abrió.

—¿Estos aretes? Antes te encantaban.

—Como tú mismo lo dijiste: antes.

—Bueno, es verdad, si no se va lo viejo, no llega lo nuevo —Sebastián le tendió una caja completamente nueva y brillante—. Esos diseños ya están pasados de moda.

Isabel tomó el estuche. Le echó un vistazo rápido y, sin el menor reparo, lo tiró dentro de la caja de cartón en el suelo.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Tampoco te gusta?

—Sebastián —Isabel lo miró a los ojos, hastiada—. No tengo las orejas perforadas.

La mirada de él descendió instintivamente hacia los lóbulos desnudos de su esposa. Se quedó pasmado.

Recordó la infinidad de aretes y pendientes que le había regalado a lo largo de esos tres años. Ella siempre los recibía con una sonrisa cálida, y a él jamás se le ocurrió fijarse que, literalmente, no tenía dónde ponérselos.

Abrió la boca para hablar, pero las palabras se atoraron en su garganta. Su nuez de Adán subió y bajó.

—Nunca... nunca me lo habías dicho.

—A Gabriela le encantan los aretes —Isabel soltó la frase con una tranquilidad glacial.

Capítulo 10 1

Capítulo 10 2

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