La puerta se abrió y entró Sebastián. Al verla con los ojos inyectados en sangre, se detuvo, confundido.
—¿Qué te pasa?
Isabel alzó el teléfono y se lo plantó frente a la cara.
—¿Tomaste mi mercancía para lanzarle fuegos artificiales a Gabriela?
Sebastián echó un vistazo rápido a la pantalla.
—Luego te consigo otro lote.
Isabel lo perforó con la mirada.
—Cuando te pedí ayuda, dijiste que no podías hacer nada. ¡Y ahora resulta que sí puedes!
Él frunció ligeramente el entrecejo.
—Isabel, no es para tanto. Si lo necesitas de nuevo, buscaré la manera de conseguirlo.
Ella aferró el aparato, enterrándose las uñas.
—Gabriela y tú son amantes desde hace tiempo.
No fue una pregunta, fue una afirmación rotunda.
Un destello cruzó por los ojos del hombre, pero retomó su expresión serena al instante.
—Solo soy amigo de su hermano...
—Sebastián —Lo cortó en seco—. Quiero que me compenses.
Él parpadeó, descolocado por el abrupto cambio de tema. Pero luego suspiró; al final, ella siempre había sido así.
—Está bien. Dime qué quieres.
Isabel cerró los ojos un instante.
—Sal de la habitación. Necesito preparar unas cosas.
Sebastián salió sin añadir palabra.
A su juicio, ella solo estaba decidiendo qué bolso de lujo comprar o cuánto dinero sacarle.
Diez minutos después, Sebastián se preparaba un café en la cocina y se sentó en la sala de estar. Solo dio un sorbo. Lo dejó sobre la mesa; el sabor no era el mismo.
Cada mañana, Isabel le dejaba su café listo. Él pensó que prepararlo no requería ciencia, pero algo definitivamente fallaba.
Isabel bajó las escaleras con una carpeta llena de documentos y la dejó frente a él.
—Firma.
Sebastián la tomó y sonrió de lado.
—Todavía están calientes. ¿Las acabas de imprimir?
—Claro. Una oportunidad así no se da todos los días, tenía que aprovecharla.
Él la miró. En esos tres años de matrimonio, ella siempre había sido muy pragmática con el dinero.
Mientras se cambiaba los zapatos en el recibidor, giró la cabeza para mirar a su esposa, que seguía con la mirada clavada en la mesa.
Antes, si olvidaba una fecha importante, ella solía reprochárselo durante días. Pero no había dicho una sola palabra sobre su ausencia en su cumpleaños de ayer.
Al ver la comida fría e intacta sobre la mesa, a pesar de las horas transcurridas, era obvio que la había preparado con gran dedicación.
Por una extraña razón, sintió una leve punzada en el pecho. Y eso que acababa de compensarla.
Se sacudió la idea, abrió la puerta y chocó de frente con Lina.
—Joven Sebastián —saludó ella.
Él asintió levemente y salió.
Lina entró a la sala y sus ojos se clavaron de inmediato en el vendaje de la frente de Isabel.
—Señora, ¿qué le pasó?
Isabel soltó una risa amarga y hueca.
Aunque había intentado cubrir el golpe con su cabello, Lina lo había notado al instante. Él, en cambio, ni siquiera se había fijado.
No se trataba de ser observador o no. Era simplemente la abismal diferencia entre amar a alguien y que te importe un carajo.
—No es nada, me golpeé por accidente ayer.
Bajó la vista hacia la pila de papeles en sus manos. Ocultos entre los acuerdos de cesión de bienes, había un acuerdo de divorcio y un poder notarial para tramitar la separación.
El proceso de importación del Cobre de Cesio Refinado era extremadamente riguroso. Incluso para una entidad como la Corporación Salazar, no aprobarían un nuevo lote hasta el mes siguiente.

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