Cuando Isabel llegó a la sede de la Corporación Salazar, Ricardo Salazar estaba en una junta. Veinte minutos después, la puerta de la oficina se abrió.
Ella se puso de pie y asintió levemente.
—Señor Ricardo.
El patriarca de la familia, enfundado en un traje impecable, destilaba autoridad. Al escucharla llamarlo por su nombre, detuvo su movimiento para sentarse y un atisbo de confusión cruzó sus ojos.
El día de la boda, él no la había aceptado y le había prohibido estrictamente llamarlo papá.
Pero Isabel siempre había mantenido una actitud firme y educada, limitándose a saludarlo formalmente. Así que no entendía a qué venía esa visita.
Al ver el acuerdo de divorcio deslizarse sobre su escritorio, el señor Ricardo alzó una ceja.
—¿Por fin abriste los ojos?
—Hay cosas que, con el tiempo, uno termina entendiendo por la mala —contestó Isabel con temple.
El señor Ricardo hojeó los documentos. Antes de la boda, él, a espaldas de Sebastián, la había obligado a firmar un acuerdo prenupcial que la dejaría en la calle en caso de separación. Así que el asunto financiero no le preocupaba. Pero al ver el poder notarial, se detuvo.
—¿Sebastián está al tanto de esto?
—Sí.
El patriarca, astuto como un zorro, notó que no le estaba mintiendo. Su mirada se ensombreció, y habló con un tono casi compasivo.
—Para ser franco, tu comportamiento en estos tres años ha sido intachable. Hasta el punto de que ya había dejado de oponerme a ustedes.
Isabel no sintió el menor atisbo de alegría.
Se había matado por tres años intentando ganar la aprobación de los Salazar. Lo logró, sí, pero solo para descubrir que su matrimonio entero era un fraude asqueroso.
Miró a los ojos a su suegro.
—Lamento profundamente no haberle hecho caso en el pasado. Pero también le agradezco estar aquí hoy, completamente segura de mi decisión.
El señor Ricardo no indagó más.
—De acuerdo, yo me encargo de esto. En un mes tendrás tu acta de divorcio. Pero te advierto: la corporación está a punto de firmar un proyecto sumamente importante. Durante este mes, la familia Salazar no puede permitirse ningún escándalo mediático. Espero que cooperes y guardes silencio. Cuando te entregue el acta oficial, te daré una compensación bastante generosa.
—No se preocupe. Sebastián nunca hizo pública mi identidad frente a la prensa.
—Para la prensa, sí. Pero los del círculo íntimo no son idiotas.
—Entendido.
Le venía de maravilla. Todavía tenía que conseguir algo que solo los Salazar podían facilitarle.
—El problema es que el nuevo jefe de la familia Castañeda es un fantasma extremadamente excéntrico. ¿A quién diablos le vamos a rogar?
Isabel recordó de inmediato lo que acababa de escuchar en la oficina del señor Ricardo.
—Tengo un plan. Pasado mañana nos vamos a Nueva Alborada.
—Hecho.
—Por cierto, ayúdame a buscar un departamento en alquiler para estos días. No tiene que ser un palacio, con que esté limpio me conformo —pidió Isabel.
—¿Para qué?
—Le pedí el divorcio a Sebastián.
Rocío se quedó boquiabierta. Creyó que era una rabieta por lo de Gabriela.
—¡Bien hecho! —soltó con euforia, aunque enseguida se mordió el labio, preocupada de que su amiga tomara decisiones en caliente—. Pero, siéndote honesta, en lo material él nunca te trató mal. ¿Estás segura de que no te vas a arrepentir?
Isabel apretó los labios. Le daba pereza narrar el calvario de los últimos dos días, así que resumió la asquerosidad en una sola frase:
—Cuando se masturba, grita 'Gaby'.
La mente de Rocío se quedó en blanco. Jamás imaginó que el prestigioso e inmaculado profesor Salazar pudiera ser tan sumamente patético.

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