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Mi ex suplica, mi esposo manda romance Capítulo 8

Y los clientes de Isabel no iban a esperar tanto tiempo.

En lugar de hacer berrinches inútiles, prefería asegurar su propio futuro con acciones pragmáticas.

Después de todo, los tratamientos médicos de su padre seguían costando una fortuna.

Lina se puso el delantal y entró a la cocina. Al ver los platos sin tocar, dejó escapar un largo suspiró.

—¿El joven Sebastián no llegó a dormir anoche tampoco?

—Lina, no prepares el desayuno —Isabel se levantó rumbo a las escaleras, con un tono apático.

—Señora, ¿quiere que la acompañe al hospital para que le revisen eso?

—No hace falta.

Se cambió de ropa, tomó el acuerdo de divorcio y el poder notarial, y abandonó la casa. Su intención original era ir a la Corporación Salazar, pero a mitad de camino recibió una llamada de Gabriela.

—Isa, tenemos que vernos.

—No tenemos nada de qué hablar.

—¿De verdad no quieres saber cuál fue exactamente tu papel en este matrimonio? —insistió Gabriela.

Isabel guardó silencio un par de segundos.

—Mándame la dirección.

Se citaron en un restaurante exclusivo y sumamente discreto.

Cuando Isabel entró a la sala privada, Gabriela ya la esperaba.

Llevaba un elegante vestido primaveral color rosa pastel. Se veía delicada, etérea, casi como un hada intocable.

—Han pasado tres años. Estás mucho más hermosa —Gabriela se puso de pie para recibirla.

Isabel tomó asiento frente a ella.

—Ahórrate las cortesías. No vine a ponerme al día.

—Por la amistad entre mi hermano y él, Sebastián y yo nos conocemos desde niños. Salimos hace cinco años, pero su familia se opuso rotundamente. Ya conoces las tradiciones de su familia: prefieren que se case con una mujer pobre antes que dejarlo involucrarse con alguien del mundo del espectáculo —Gabriela dejó su copa de agua sobre la mesa con una sonrisa inmaculada—. Aunque, en un par de años, planeo retirarme de la actuación.

Así que era eso. Ella era esa mujer pobre.

Se casó con ella para llenar el asiento de la señora Salazar y evitar que le impusieran a otra mujer por compromiso. Y una vez que su amada se retirara con honores del mundo de las luces, él la obligaría a cederle su puesto.

Al fin y al cabo, al ser pobre, sería muy fácil deshacerse de ella con unas cuantas monedas.

Isabel permanecía sentada, con el rostro inexpresivo, pero sus uñas ya estaban perforando las palmas de sus manos.

Capítulo 8 1

Capítulo 8 2

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