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Mi ex suplica, mi esposo manda romance Capítulo 6

O se quedaba a dormir en la universidad, o llegaba y caía rendido. En esos tres años, lo más íntimo que habían llegado a hacer era tomarse de las manos.

Le dijo que debían guardar luto estricto sin celebrar matrimonios y que no podía haber actos indecorosos.

Ella se extrañó. ¿En qué siglo vivían para seguir esas reglas arcaicas? Pero, tonta y enamorada, le creyó.

Qué nieto tan ejemplar.

Por su verdadero amor, él había sido capaz de mantenerse célibe durante tres años.

Isabel se dio la vuelta y deslizó la mano por debajo del pijama de su esposo.

Sin ningún tipo de ritmo ni deseo real, recorrió su cintura con una rudeza desafiante.

Sebastián contuvo la respiración y le apresó la mano de golpe.

—Isabel —advirtió con voz ronca.

Aquello fue como un balde de agua helada. Se recostó bocarriba, apretando los dientes para soportar el dolor.

El movimiento brusco había tirado de la herida en su frente.

Por suerte, las luces estaban apagadas y él no podía verla.

Y aunque la viera, tampoco le importaría.

Sebastián reguló su respiración y se sentó en el borde de la cama.

—Falta solo un mes para que se cumplan los tres años de luto. Entonces seremos un verdadero matrimonio, ¿de acuerdo? Hoy estoy agotado, dormiré en el cuarto de visitas.

Sin esperar respuesta, se levantó dispuesto a irse.

—Sebastián —Su mano estaba en el picaporte cuando ella lo detuvo—. Solo te haré una pregunta. ¿Qué estuviste haciendo esta noche?

—Acompañando a los directivos de la facultad —respondió él sin la más mínima vacilación, antes de salir y cerrar la puerta.

En la oscura habitación, Isabel miró su teléfono. Hacía tres minutos que Gabriela le había escrito otro mensaje: *Isa, ¿malinterpretaste algo? Te juro que Sebastián y yo no tenemos nada.*

Isabel esbozó una sonrisa cargada de amargura.

Si no tenían nada, ¿por qué le mentía con tanta facilidad?

Aventó el teléfono a los pies de la cama, como si se tratara de algo repugnante. Se levantó, fue al baño, abrió la llave y se lavó las manos frenéticamente, una, dos, tres veces.

Saber que él había tocado a otra mujer y tal vez hecho cosas mucho más íntimas, le daba asco.

Incluso si él no la hubiera detenido, ella no pensaba llegar a más. Su único propósito había sido arrancar de tajo esa máscara de decencia que tanto presumía.

Pero ver su actitud farisaica le pareció simplemente patético.

—Voy a llamarle para averiguar qué pasó —dijo Isabel.

Rocío dudó un instante antes de soltar la bomba.

—Te acabo de enviar un enlace. Míralo tú misma.

El titular de la noticia dictaba: *El gran regreso a los escenarios de Gabriela Galán. Su misterioso novio profesor le organiza un show de fuegos artificiales para recrear la legendaria e inalcanzable 'Luna Azul'.*

Y el Cobre de Cesio Refinado era el ingrediente indiscutible para fabricar la Luna Azul.

La nota periodística solo omitía escribir Sebastián Salazar en letras de molde.

Isabel apretó el teléfono. Sus dedos se entumecieron poco a poco.

Para conseguir ese permiso de importación, había pasado madrugadas enteras acompañando a su suegra a jugar cartas, a ir de compras, a tomar el té. Había gastado incontables sonrisas forzadas y había tragado toneladas de orgullo.

Como el padre de Sebastián siempre estaba ocupado y Sebastián decía que no tenía voz ni voto en los negocios familiares, su única vía de entrada había sido ganarse a la matriarca.

Entregó su dignidad en bandeja de plata para obtener ese material.

Y él simplemente lo tomó para robarle una sonrisa a su viejo amor.

Isabel cerró los ojos. Se clavó las uñas en las palmas. Su cuerpo entero temblaba sin control.

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