La víspera del tercer aniversario de bodas, Federico Espinosa compró un par de aretes de zafiro de Cachemira, únicos en el mundo, en una subasta.
—Son para la persona con la que siempre he estado en deuda, mi amada —dijo él.
Frente a la pantalla, viendo la transmisión en vivo, Verónica Nolan se conmovió hasta las lágrimas. Mañana sería su tercer aniversario de bodas con Federico. Si él había decidido cambiar y valorarla, su espera no habría sido en vano.
Belén Espinosa, la abuela, también suspiró aliviada:
—Por fin le cayó el veinte a mi nieto, ya sabe consentir a su mujer.
***
Al día siguiente, el día del tercer aniversario.
Verónica acababa de preparar una mesa llena de platillos deliciosos cuando Federico llegó a casa.
Ella abrió la puerta para recibirlo, tomó su maletín, se puso en cuclillas para quitarle los zapatos de cuero y ponerle las pantuflas; Verónica hizo todo con fluidez, de un solo tirón.
—¿Tanta comida? ¿Celebramos algo hoy?
Federico, de figura alta y rasgos atractivos, podía arrancar gritos de miles de chicas con el simple gesto de aflojarse la corbata.
Pero sus palabras siempre lograban helarle el corazón a Verónica. Ella se detuvo en seco y le preguntó:
—¿Lo olvidaste?
¿Cómo podría haberlo olvidado Federico?
¿Acaso no fue a comprar esos aretes de zafiro de trescientos millones para recuperarla?
Federico puso cara de confusión.
—Verónica, ¿debería recordar algo?
—¿No compraste ese par de aretes, los Lágrimas de Venus? —Verónica tenía un mal presentimiento, pero aun así insistió, negándose a perder la esperanza.
—¿A poco tú sabes de esos aretes?
Federico se mostró algo sorprendido. No esperaba que esta esposa tipo niñera, que solo sabía hacer los quehaceres domésticos, se preocupara por lo que pasaba afuera.
De inmediato, una sonrisa de desdén se dibujó en sus labios.
La base de Verónica no era mala: rostro ovalado, cejas finas y ojos almendrados. Pero el problema era que nunca se arreglaba; se veía super anticuada, como una flor marchita y amarillenta.
Ni siquiera se comparaba con lo arregladas que andaban las empleadas de la Mansión Espinosa.
La mirada de Verónica se tiñó de una pizca de esperanza.
—Lo sé, vi la transmisión en la tele. Esos aretes realmente...
Antes de que ella terminara, Federico la interrumpió:
—Esos son para Irene.
Al mencionar a su amor platónico, la voz de Federico se volvió suave.
—Por fin aceptó regresar al país y reconciliarse conmigo, tenía que tenerle un regalo preparado.
¡El corazón de Verónica sintió una punzada dolorosa, dudando de lo que acababa de escuchar!
¿La persona con la que estaba en deuda era Irene Marín, su primer amor que lo abandonó años atrás?
Entonces, ¿qué significaba ella, que lo había servido con tanta dedicación durante tres años y nunca había recibido ni un solo regalo?
Incapaz de soportarlo más, soltó:
—Federico, ¿ya se te olvidó quién fue la culpable de que tuvieras ese accidente de carro y te quedaras ciego?
En aquel entonces, solo por una tontería, Irene hizo un berrinche monumental, lo que provocó que Federico se distrajera al volante y chocara.
Después del accidente, al enterarse de que él estaba ciego y que las probabilidades de recuperar la vista eran mínimas, Irene inventó una excusa ese mismo día y huyó al extranjero, desapareciendo sin dejar rastro.
Pero para ese momento, ambos ya estaban preparando la boda. Las invitaciones de la familia Espinosa ya se habían enviado, pero no lograban encontrar a Irene ni a su familia por ningún lado.



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