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Mi exmarido ciego firmó el divorcio sin saber que yo era su salvadora romance Capítulo 2

Federico se quedó pasmado un instante, pero enseguida contestó:

—Claro que no me voy a arrepentir. Pero ya que aceptaste la compensación del divorcio, tú vas a tener que decírselo a la abuela.

Federico sabía que su abuela solo reconocía a Verónica como su nieta política. Si se enteraba de que se iban a divorciar, seguro le rompía las piernas.

Así que Verónica tenía que ser la villana.

Verónica respondió sin siquiera levantar la cabeza:

—Yo no voy a decir nada. En estos tres años de matrimonio, ya pagué la deuda de gratitud que tenía con Belén. Federico, ¿no dices que amas mucho a Irene? ¿Qué pasó? ¿A poco no tienes los pantalones para contárselo a Belén?

Ella era una huérfana que creció en un hogar de acogida; gracias al apoyo de Belén durante años pudo crecer y formarse.

Por eso, cuando la familia Espinosa necesitó una boda, ella se casó sin dudarlo.

No le importó que Federico fuera ciego; lo atendió sin quejarse. Cumplió con su deber de nuera y cuidó de toda la familia Espinosa.

El único requisito fue que el matrimonio durara tres años. Si después de tres años Federico no lograba enamorarse de ella, se divorciarían.

Ahora, era momento de liberarse.

—¡El amor verdadero vence todos los obstáculos, échale ganas! —Verónica sonrió levemente y se burló—. ¡Ojalá se queden juntos para siempre y no le desgracien la vida a nadie más!

Cuando Verónica tomó las llaves del carro para irse, Aimar Espinosa, que acababa de entrar, le bloqueó el paso.

—Verónica, escuché que mi hermano se va a divorciar de ti. ¡Este carro pertenece a la familia Espinosa, no te permito que te lo lleves!

Verónica soltó una risa fría.

—Aimar, el carro lo compré yo. ¡Eres igual de sinvergüenza que tu hermano!

—¿Qué pasa? —Federico llegó al escuchar el alboroto.

Aimar hizo un drama y gritó:

—¡Fede, Verónica se quiere llevar el carro y justo yo lo quería usar!

Federico frunció el ceño.

—Vero, dale el carro a Aimar.

—¿Por qué habría de hacerlo? —Verónica se negó rotundamente—. ¡No se lo doy!

—¿Te atreves? ¡Te estás rebelando! —Aimar se lanzó directamente a arrebatarle las llaves del carro.

Al segundo siguiente, una maleta vieja junto con varias tiras de petardos encendidos fueron lanzados dentro del coche.

Entre el chisporroteo del fuego, las explosiones y el humo asfixiante, Aimar gritó del susto y se alejó del auto:

—¡Ay!

—Ya no quiero el carro, se los regalo. —Después de tirar los petardos, Verónica se dio la media vuelta y se fue.

Las cosas que usó en la familia Espinosa, la ropa que vistió, debían quedarse en la familia Espinosa.

Si se las llevaba, ¡qué mala vibra!

Luego, Verónica le marcó a su mejor amiga y le contó brevemente sobre el divorcio.

Para cuando llegó a la entrada de la zona residencial, Nayara Barcena ya había llegado en su discreto Phaeton de un millón.

—¡No manches! ¿Estoy viendo a la Vero de carne y hueso?

Nayara se frotó los ojos exageradamente.

—Llevo tres años enteros sin verte. Cada vez que llamaba era que tenías que cuidar a tu marido.

—¡Ya dudaba si a lo que fui hace tres años fue a tu boda o a tu funeral!

Tras quejarse, corrió a abrazar a la delgada Verónica, sintiendo mucha lástima por ella.

—Qué bueno que te divorciaste, dejar a ese ciego fue lo mejor que pudiste hacer. De ahora en adelante, nosotras a disfrutar la vida loca, comiendo y bebiendo de lo lindo.

—No digas tonterías. —Comparada con esa mujer insípida de Verónica, ¿cómo podría igualarse a su propia hermana?

Federico la consoló con paciencia:

—¿Ya se te olvidó que en unos días Joseph Rosales va a venir a San Eladio?

La familia Rosales era una de las tres familias más importantes del Valle de San Millán, dominando los ámbitos político y empresarial.

Joseph Rosales no solo era excepcionalmente guapo, sino que controlaba el Grupo Rosales. Si él estornudaba, la economía nacional temblaba.

Y lo más importante, era el único soltero de los cinco señores de la familia Rosales. No solo en San Eladio, sino que hasta las señoritas del Valle de San Millán soñaban con casarse con él.

—Lo tengo presente. —Al mencionar al hombre de sus sueños, Aimar puso cara de timidez.

Se colgó del brazo de Federico haciendo berrinche cariñoso.

—Hermano, esta vez Joseph viene para que le curen la vista a su sobrina.

—Si Irene logra curar a la señorita Rosales, será la benefactora de la familia Rosales y una gran heroína para nuestra familia Espinosa; la abuela ya no se opondrá a que te cases con ella.

Federico asintió repetidamente.

Fue justo porque Irene le curó los ojos a él que la familia Rosales se enteró y vino a buscarla a San Eladio.

Esta era su gran oportunidad para relacionarse con la familia Rosales.

—Entonces haré que seas la asistente de Irene. Mientras logres caerle bien a la señorita Rosales, lo de Joseph será más fácil.

—Gracias, Fede. —Aimar se sumergió al instante en sus fantasías.

No sabía por qué, pero ante los ojos de Federico apareció de nuevo la imagen de la espalda de Verónica yéndose con esa actitud tan fresca después de tirar los petardos.

Siempre pensó que era sumisa y aburrida, no esperaba que tuviera ese lado tan genial y divertido.

Quizás, debería volver a conocer a su esposa.

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