—¿Tú y Raquel tienen algún negocio juntos?
Al subir al carro, Amelia no pudo evitar voltear hacia Dorian y preguntar:
—¿Por qué me dio la impresión de que ella se quedó con algo atorado?
No sabía si era su imaginación, pero la mirada que Raquel le lanzó a Dorian hace un momento, sumada a su comentario, le dio una extraña sensación de amenaza, como si le estuviera dando un ultimátum.
—No —dijo Dorian—. Hace tiempo hubo intención de colaborar en temas de transporte marítimo, pero tras evaluarlo en la empresa, decidimos que no era conveniente y el proyecto se archivó. Sin embargo, ellos tienen muchas ganas de trabajar con nosotros, por eso insisten y han venido varias veces.
Mientras hablaba, encendió el motor.
Como Yael tuvo que irse de improviso a atender a Ricardo, la tarea de conducir recayó naturalmente en Dorian.
—¿Por qué no era conveniente? —preguntó Amelia, sin poder contenerse.
Entre el divorcio y los incidentes del último año, Amelia ya no estaba muy al tanto de los asuntos de la empresa de Dorian.
Dorian volteó a verla.
—¿Y ese repentino interés?
—Es solo que... —Amelia se quedó un momento sin palabras—. Curiosidad, nada más.
—Las condiciones no eran las adecuadas —dijo Dorian. Prefirió no decirle que la razón principal era el problema con Adela y Raquel, para no agregarle más carga mental.
No quería especular sobre las intenciones actuales de Raquel hacia él, pero la actitud de Adela la tenía muy clara.
Una vez que el Grupo Esencia y Transportes Valenzuela establecieran una cooperación real, Adela seguramente tomaría al Grupo Esencia como el patio trasero de su casa, paseándose por ahí cuando se le antojara e incluso molestando en su oficina.
Dorian no creía en eso de que «la verdad cae por su propio peso»; él sabía bien que cuando el río suena, agua lleva.
Una vez que los rumores crecen, es difícil distinguir la verdad de la mentira, y la desconfianza se forma inevitablemente.
Dorian no quería verse envuelto en ese tipo de especulaciones públicas, ni quería que esos chismes se convirtieran en una espina en el corazón de Amelia en el futuro.
Pero Amelia, perspicaz, adivinó la razón y tanteó el terreno:
—¿Es por Adela?
No se atrevía a preguntar si era por Raquel.
A diferencia de la actitud directa y descarada de Adela, Raquel no había dicho ni hecho nada fuera de lugar con Dorian. Cualquier sospecha más allá de lo laboral podría parecer narcisista y ofensiva de su parte.
—Ella es solo uno de los factores —Dorian no lo negó. Aprovechando la luz roja del semáforo, le dijo—: La razón más importante es que esta sería una cooperación a largo plazo, y el Grupo Esencia necesita un socio sano y estable, no uno donde se mezclen asuntos personales.
Claro, ¿quién era Dorian? Si fuera tan fácil de manipular, ¿cómo habría logrado llevar al Grupo Esencia, que en su momento estuvo tambaleándose, a la posición inquebrantable que tiene ahora?
—Tranquila, no pasará nada —dijo Dorian, liberando una mano para acariciarle la cabeza.
El gesto fue muy cariñoso.
Amelia se sintió reconfortada al instante y asintió.
—Está bien.
Estaba tan distraída platicando con Dorian que, cuando el carro se detuvo, Amelia se dio cuenta de que no habían vuelto al departamento que ella rentó al principio, sino al gran departamento con vista al río donde Dorian vivió después del divorcio, un lugar al que él la había llevado un par de veces.
—¿No vamos a casa? —Amelia miró a su alrededor y volteó confundida hacia Dorian.
Serena también miró a Amelia, extrañada.
—Mami, esta es nuestra casa.
La niña señaló el elevador con total familiaridad.
—Entramos por ahí, tomamos el elevador, picamos al piso 22 y llegamos. Nuestra casa es enorme.

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