La reacción de Serena dejaba claro que llevaba mucho tiempo viviendo allí.
—Desde que tuviste el accidente y regresaste, hemos estado viviendo aquí estos meses.
Como si entendiera la confusión de Amelia, Dorian se giró para explicarle:
—Si no te gusta aquí, podemos volver al fraccionamiento de antes.
—No, está bien, quedémonos aquí.
Al darse cuenta de que Dorian estaba cediendo, Amelia reaccionó y lo detuvo.
—No es que no me guste, es que mi cerebro no procesó el cambio de inmediato. Pensé que seguíamos viviendo en el otro lugar.
Su memoria se había quedado estancada en la noche del accidente, cuando salió de aquel fraccionamiento para irse de viaje de negocios. Por un momento, olvidó que ya habían pasado varios meses.
—Fue mi culpa, olvidé avisarte antes.
Dorian extendió la mano y le acarició la cabeza.
Amelia notó que, desde que hablaron claro, estos gestos cariñosos de Dorian se habían vuelto más frecuentes y naturales.
Ella aún no lograba tener su misma soltura, así que solo sonrió con cierta timidez.
Al entrar a la casa, Serena corrió con familiaridad hacia su zona de juegos en la sala.
Había estado fuera mucho tiempo y se notaba que extrañaba su espacio; estaba feliz. Agarró un juguete y corrió hacia Amelia para mostrárselo.
Fue entonces cuando Amelia notó que el departamento de Dorian era diferente a como lo recordaba.
Antes, cuando Dorian vivía solo, el lugar tenía un estilo de lujo discreto y minimalista, como una casa muestra: tan limpio que resultaba frío, sin mucha sensación de hogar.
Ahora, con la llegada de Serena, la casa había cobrado color y vida. La sala, antes amplia y vacía, se había convertido en el reino de cuento de hadas de Serena, llena de juguetes, carritos, e incluso una resbaladilla y un columpio.
La zona de juegos conectaba con el balcón, donde no sabía en qué momento habían puesto un montón de plantas. Las flores estaban en su punto máximo, todo se veía lleno de vida.
Entre las plantas había una mecedora y un pequeño librero; el estilo era muy similar a la zona de descanso que tenían en el balcón de su antigua casa de casados.
Antes a ella le gustaba cuidar las plantas, leer y dibujar en el balcón, y aquí habían recreado ese mismo espacio.
—Todo esto lo fuimos arreglando poco a poco después de mudarnos —le explicó Dorian—. Aunque en ese momento no recordabas el pasado, tus gustos y hábitos no cambiaron nada.
Amelia no podía recordar cómo se sentía al decorar todo eso, pero por el ingenio en los detalles, la Amelia desmemoriada debió haber sido muy feliz y relajada.
En su antigua casa de casados, la decoración había sido obra casi exclusiva de ella. Dorian estaba demasiado ocupado y no perdía el tiempo en esas cosas que consideraba irrelevantes.
Ella siempre le pedía opinión a Dorian antes de poner algo, sintiéndose un poco nerviosa por si a él no le gustaba.
Cuanto más feliz se ponía ella porque él estaba de acuerdo o daba una pequeña sugerencia, más se arrepentía él del pasado.
La Amelia de ahora probablemente sentía esa misma tristeza y nostalgia.
Pero un «lo siento» de palabra se sentía vacío.
Las grietas y los pesares que habían creado entre ellos no se podían borrar con el tiempo, sino que debían llenarse y reemplazarse poco a poco con una nueva forma de convivir en escenarios similares.
—Perdóname —dijo él en voz baja, disculpándose—. Antes solo pensaba en estabilizar la empresa rápido, creía que teníamos un largo futuro por delante y que no había prisa, por eso ignoré muchas de tus emociones en el momento.
—No pasa nada. —Amelia levantó la vista hacia él con los ojos enrojecidos; sus disculpas y explicaciones siempre funcionaban con ella.
—También fue mi culpa por ser demasiado cautelosa antes —dijo ella—. Debí haber intentado expresar mis necesidades de forma adecuada en ese entonces.
De repente, Dorian recordó lo que había dicho Frida Losada: que Amelia era muy fácil de contentar.
Su comprensión hizo que le doliera el corazón por la deuda emocional que tenía con ella.
No dijo nada más, solo apretó los brazos y la abrazó con fuerza, un abrazo lleno de cariño y culpa.
Amelia sintió que Dorian se ponía un poco extraño, así que le dio unas palmaditas suaves en la espalda para consolarlo.
—De verdad, estoy bien.

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