Rafael miró la foto y luego se dirigió a Amelia con extrañeza:
—¿Para qué la buscas? ¿Se conocen?
—No mucho —respondió Amelia—, pero me ayudó hace tiempo y quiero invitarla a comer.
Era la verdad.
Cuando ella y Dorian pelearon en Maristela, fue Elvia quien la consoló. También fue ella quien le advirtió a Dorian, haciéndole ver que Amelia había perdido la memoria.
Su idea original era agradecerle a Elvia en persona, pero desde que Dorian descubrió su amnesia y fue a buscarla, ninguno de los dos había tenido un momento libre. Desde el incidente en el centro de ciencias de la universidad hasta su propio accidente, y luego la fuga de Otto y Fabiana; no había pasado mucho tiempo, pero andaban tan ocupados todos los días que no se daban abasto. Ahora que por fin tenían un respiro, resultó que Elvia ya se había mudado.
—A ella no le importan esos detalles —comentó Rafael.
—Pero queremos darle las gracias —insistió Amelia—. ¿Sabes dónde está ahorita?
Rafael se le quedó viendo un momento y luego sonrió:
—¿Por qué crees que sigo en contacto con ella?
—Rosalinda me sugirió que te preguntara —confesó Amelia con sinceridad.
—Pues se nota que Rosalinda tampoco conoce bien a la señorita Losada —dijo Rafael con una sonrisa—. La señorita Losada es como tú, alguien que marca muy bien sus límites. Ella y yo solo tuvimos trato por trabajo, no nos conocemos a nivel personal. Desde que terminó el proyecto no hemos vuelto a hablar.
—Entonces, ¿tampoco sabes dónde está ahora? —preguntó Amelia.
Rafael asintió:
—No, ni idea.
Por su expresión, no parecía estar mintiendo.
Amelia sonrió y no insistió más:
—Siento haberte molestado.
—No pasa nada —respondió Rafael—. De todos modos estaré al pendiente; si la llego a ver, le paso tu agradecimiento.
—Te lo agradezco mucho.
Todo lo que le había quedado a deber en el pasado era como una espina clavada en su corazón. Quería darle lo mejor del mundo, quería verla feliz, verla sonreír y ver su rostro iluminarse con una sorpresa.
—¿Qué pasa? —preguntó Amelia, extrañada al ver que se le quedaba viendo en silencio.
Dorian negó con la cabeza y sonrió:
—Nada.
Sin embargo, liberó una mano y le acarició la cabeza con ternura.
Amelia supuso que él seguía dándole vueltas al asunto de no haberle dado esas cosas en el pasado, así que le sonrió:
—De verdad no pasa nada. Me gusta cómo estamos ahora.
—A mí también me gusta cómo estamos ahora —dijo Dorian, mirándola fijamente con sus ojos oscuros—, pero de todos modos quiero darte el mundo entero.
—Mientras tú y Serena estén bien, para mí, eso es el mundo entero.
La voz de Amelia se volvió más suave. Probablemente porque el terror de casi haberlo perdido aquel día se le había grabado hasta los huesos, ya no le daba miedo dejarle ver lo que sentía.

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