Era evidente que el cambio repentino de planes las había descolocado. Ambas parecían ansiosas y miraban al hombre del silbato buscando instrucciones.
El hombre era claramente el organizador, pero no podía exponerse demasiado en público, así que solo pudo hacer sonar el silbato un par de veces más.
Pero los ancianos, cegados por la fiebre de los productos gratis, no le hacían ni el menor caso. Su prioridad era asegurar el regalo antes de hacer cualquier otra cosa.
Frustrado, el hombre tuvo que sacar su celular para hacer una llamada.
Amelia le hizo una seña rápida al jefe de seguridad: «Tírale el celular, finge un accidente».
—Sin violencia —añadió Amelia.
Cristóbal captó la orden. Se metió entre la multitud con los brazos abiertos, invitando a los ancianos a pasar por sus huevos mientras les pedía que no se empujaran. Cuando llegó junto al hombre del silbato, hizo un movimiento calculado y, «sin querer», le golpeó la mano, haciendo volar el teléfono.
—¡Perdón, perdón! —se disculpó Cristóbal al instante. Acto seguido, fingió ser empujado por la multitud y pisó el celular con fuerza.
—¡Oye, tú...!
El hombre, furioso, intentó empujar a Cristóbal.
Pero el jefe de seguridad ya se había agachado para «ayudarle» a recoger el aparato.
El empujón del hombre cortó el aire. Estaba que echaba humo, pero no podía armar un escándalo ahí mismo, así que tuvo que agacharse también para intentar recuperar su teléfono.
Pero con tanta gente moviéndose y empujando, antes de que pudiera tocarlo, alguien más pateó el celular lejos de ahí.
—Yo se lo traigo, yo se lo traigo... —decía Cristóbal mientras lo jalaba hacia el otro lado para buscar el teléfono, ganando tiempo valioso.
—¡No quiero ningunos malditos huevos! —gritó la mayor, empujando a Amelia con furia.
Amelia trastabilló, a punto de caer.
Dorian, que acababa de subir a los líderes a sus autos, giró la cabeza para despedirse de los demás y vio la escena por el rabillo del ojo. Su mirada se tensó un instante, pero recuperó la compostura de inmediato. Sonrió, estrechó manos y esperó a que la caravana arrancara antes de darse la vuelta y caminar hacia Amelia.
Antes de caer, Amelia se había aferrado a la mano de la mujer para recuperar el equilibrio y, al mismo tiempo, le plantó la caja de huevos frente a la cara para bloquearle la visión y el paso.
Las dos mujeres también vieron de reojo cómo la caravana de la comitiva se alejaba. Probablemente pensaron que sus quinientos mil pesos se esfumaban con ellos, porque entraron en un estado de frenesí.
—¡Quítese! —aullaron, empujando con violencia los huevos que Amelia sostenía.
Amelia no había dormido bien y llevaba toda la mañana con los nervios de punta y mucho desgaste físico. Además, era delgada y no tenía la fuerza de aquella mujer robusta. El empujón brutal la hizo perder el equilibrio y se fue hacia atrás sin control. En medio del pánico, una mano firme la sostuvo por la cintura desde atrás.

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