Una voz grave y familiar resonó a sus espaldas:
—¿A quién le dices que se quite?
Amelia se giró, sorprendida.
Dorian estaba ahí, no supo en qué momento había llegado. Su mano sostenía con firmeza su cintura, impidiendo que cayera.
—¿Ya terminaste? —preguntó Amelia con alegría. Su mirada pasó por encima del hombro de él hacia la entrada de la empresa. La zona estaba despejada; la comitiva ya no estaba.
—Sí, ya se fueron —dijo Dorian, ayudándola a enderezarse sin soltarla.
Las dos familiares también escucharon que la comitiva se había ido y sus caras cambiaron de color.
—¿Cómo que se fueron? ¿Y ahora qué hacemos?
—Deberían dar gracias de que se fueron. De lo contrario, estarían cometiendo un delito de alteración del orden público y ataque a las vías de comunicación —dijo Dorian con frialdad, mirándolas. Luego bajó la vista hacia Amelia—. ¿Te lastimaron? ¿Estás bien?
—Estoy bien —Amelia negó con la cabeza. Al ver que el peligro había pasado, se relajó y regaló los huevos que le quedaban a alguien cercano. Luego le preguntó—: ¿Salió bien la inspección? ¿Sin contratiempos?
—Todo excelente. Quedaron muy satisfechos con la planificación del puerto y darán su apoyo para las siguientes fases —respondió Dorian. Levantó la mano para apartarle un mechón de pelo que se le había pegado a la frente por el sudor.
—¿Por qué estás sudando tanto? —preguntó, limpiándole la humedad con el dorso de los dedos.
—Estaba muy nerviosa —explicó Amelia—. La situación era urgente, todo fue un caos.
—Te ha tocado trabajar duro —dijo Dorian. Sus ojos oscuros no se apartaban de su rostro, con una expresión de clara preocupación mientras le acomodaba el cabello.
Amelia se sintió un poco avergonzada por la atención.
—¿Por qué tanta amabilidad de repente?
Dorian sonrió.
—¿No puedo decirle a mi mujer que valoro su esfuerzo?
—¿Quién es tu mujer? —replicó ella.
—Entonces, dígame, señorita Amelia Soto —preguntó Dorian mirándola con diversión—, ¿está dispuesta a restaurarle al señor Dorian Ferrer su título de legítimo esposo?
Los «acarreados» contratados por la otra parte, al ver que la seguridad se relajaba, aprovecharon para sacar sus celulares. Unos grababan video, otros iniciaron transmisiones en vivo.
Estos días, Grupo Esencia había controlado muy bien la opinión pública y el departamento de relaciones públicas había hablado con los medios, así que no había reporteros oficiales en la escena.
Dorian rodeó a Amelia con su brazo, atrayéndola hacia su costado para protegerla. Echó un vistazo a la multitud alborotada y luego fijó su mirada fría en las dos mujeres que lloraban a gritos.
—Ya que tienen tantas ganas de salir en las noticias, vamos a hacerlo bien de una vez. Invitemos a todos los medios y aclaremos el incidente del museo de ciencias aquí y ahora —dijo Dorian con voz tranquila, y luego llamó a su asistente—: Eva.
Eva se acercó de inmediato.
—Señor Ferrer, el departamento de marca ya contactó a todos los medios. Estaban en la sala de espera, ya vienen bajando.
Amelia miró a Dorian con sorpresa. No sabía que él había preparado eso.
—Recibí el informe pericial del accidente del museo mientras estaba en la reunión con la comitiva. Vi que estabas ocupada y no quise molestarte, así que puse a Eva a cargo —le explicó Dorian en voz baja—. Si Otto pudo escaparse a Bariloche bajo las narices de Yael, supuse que a Dalia también se le escaparían, así que decidí aprovechar la oportunidad para acabar con esto de una vez. Así nadie volverá a ser manipulado para venir a llorar aquí cada tercer día.
Mientras hablaba, Dorian dirigió una mirada helada hacia las dos mujeres.

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