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Apenas Amelia se acercó al escritorio de la administración, el empleado le entregó el comprobante impreso de hace dos años.
—Señorita Soto, este es el recibo de pago del mantenimiento de su casa.
Amelia extendió la mano para tomarlo. En el instante en que sus ojos leyeron el nombre «Yael», se quedó paralizada.
—¿Señorita Soto? —el empleado la llamó, preocupado por su reacción.
Amelia no respondió. Solo miraba fijamente el nombre impreso en la hoja, mientras la mano que sostenía el papel comenzaba a temblar.
El empleado se asomó a ver el recibo, pero no notó nada fuera de lo común.
Amelia continuó absorta en el documento por un buen rato, hasta que desvió lentamente la mirada hacia su celular.
La pantalla seguía mostrando el mensaje con la serie de números que le habían enviado.
Con los dedos temblorosos, Amelia marcó ese número.
La interfaz de la llamada apareció en la pantalla y la cifra numérica se transformó en el contacto que ella ya tenía guardado: «Yael».
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Frente a la desgastada puerta color crema, Dorian miraba fijamente la chapa. Su expresión parecía ausente, como si estuviera atrapado en una ensoñación o perdido en algún viejo recuerdo.
Yael, parado junto a él, no lograba descifrar su mirada.
Hace apenas unos días, cuando salieron a pasear con Amelia, Frida y Serena, todos se detuvieron a jugar en una máquina de garras. Dorian se la pasó viéndolas reír en silencio, hasta que de la nada le soltó una pregunta.
—¿Todavía tienes la llave?
Aquella frase, lanzada sin contexto, lo dejó completamente confundido.
Hasta que Dorian volteó a verlo a los ojos.
—La llave del departamento de Amelia. Sé que la tienes guardada.
Yael se quedó mudo en ese momento. Casi le dieron ganas de mentarle la madre.
Recordó cuando Dorian regresó de Zúrich hace años. Parecía estar perdiendo la cabeza. Llegó de madrugada y, en lugar de ir a su casa, le pidió que lo llevara a la oficina. Fue en ese trayecto del aeropuerto al trabajo cuando le ordenó, sin previo aviso, que pusiera en venta la casa donde iban a vivir juntos.

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