Al ver esa puerta de madera maciza color crema, con su inconfundible aire retro, Amelia se quedó pasmada un segundo.
Cuando compró el lugar, no tenía mucho dinero. Era para lo único que le alcanzaba. Lo remodeló de forma sencilla, combinando sus gustos con su presupuesto.
Al no poder hacer una renovación total, conservó el estilo vintage del departamento y le añadió algunos detalles propios. La puerta encajaba a la perfección con esa estética, así que solo le dio una mano de pintura y le cambió la chapa.
Esa puerta ya se veía anticuada en aquel entonces, ni qué decir ahora.
La cerradura también era la misma de hace años. A simple vista, parecía que nadie la había tocado en mucho tiempo. El metal a su alrededor estaba salpicado de manchas de óxido, y la entrada de la llave tenía una fina capa de polvo.
Sin embargo, un detalle llamó su atención. El óxido en los bordes de la ranura estaba un poco desgastado, dejando a la vista una fina y brillante línea de metal. Abajo de la chapa, había una ligera marca, como si alguien hubiera limpiado el polvo por accidente.
Amelia, llena de dudas, levantó la mano y tocó la puerta, pero nadie abrió.
La vecina de enfrente iba llegando. Al verla tocar, le habló extrañada:
—Ahí no vive nadie.
Amelia volteó a verla, sorprendida.
—¿Nunca ha vivido nadie?
—Pues yo creo que no —respondió la mujer, dudosa—. Llevamos aquí más de dos años y nunca hemos visto entrar ni salir a nadie. En la noche jamás prenden la luz. En el día, quién sabe.
—Ah, muchas gracias.
Amelia se despidió con amabilidad, le echó un último vistazo a la puerta y bajó las escaleras.
Fue a la oficina de administración del edificio con la intención de averiguar el nombre y el número del nuevo dueño. Para su sorpresa, el sistema arrojó sus propios datos.
—¿Nadie ha venido a hacer el cambio de propietario? —preguntó asombrada.
—No —negó el empleado—. De hecho, hace más de dos años alguien pagó el mantenimiento por adelantado, y como todavía hay saldo a favor, no se han vuelto a parar por aquí.
—¿Podría ver quién hizo el pago? —pidió ella.
Sin más, colgó. Unos segundos después, el mensaje llegó a su pantalla.
Amelia acababa de abrir la notificación cuando el empleado de la administración, que ya había encontrado el recibo de pago, le hizo señas desde adentro.
Ella le devolvió el gesto y caminó hacia la oficina.
Casi en ese mismo instante, una Porsche Cayenne negra pasó lentamente a sus espaldas.
Dorian llevaba una mano al volante y, sin apartar la vista del frente, presionó el botón de «contestar» en la pantalla de la camioneta.
Era una llamada de Yael.
—Señor Ferrer, ya estoy abajo del edificio de la señorita Soto.
La voz de su asistente inundó la cabina del vehículo.
—Mjm —respondió Dorian secamente y colgó la llamada. Aceleró un poco, acercándose al viejo complejo habitacional.

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