—Al rato te acompaño a empacar, ¿te parece bien que nos mudemos hoy mismo? —agregó Dorian.
—Claro —volvió a asentir Amelia.
No tenía demasiadas cosas, solo metió algo de ropa básica y un par de mudas.
Al llegar a la casa de Dorian, se dio cuenta de que su definición de "más grande" se quedaba muy corta: era enorme, unas cuantas veces el tamaño de la suya. Era un departamento espacioso y bien iluminado, con una gran terraza y balcones frente al río, un lugar donde provocaría relajarse a disfrutar del aire y del sol.
—Yo no diría que tu casa es "un poco más grande"... —comentó ella al ver la enorme sala.
—Sí está un poco vacío —admitió él—. Pero cuando nazca nuestra hija, tener tanto espacio será muy bueno para que juegue.
Y luego añadió:
—Voy a dejar tus maletas en la recámara principal. Desde hoy, esta es tu casa; puedes acomodarla y decorarla como más te guste, no tienes que pedirme permiso para nada.
—De acuerdo —asintió Amelia.
Dorian llevó su equipaje hasta la habitación.
Amelia se quedó algo sorprendida.
—¿Tú no duermes aquí?
—Ahora somos marido y mujer, compartimos habitación —respondió él.
Amelia se quedó sin palabras.
—No pensarás que nos casamos nada más como socios para criar a un hijo, ¿o sí? —preguntó Dorian al verla.
Amelia no lo había pensado así, pero tampoco se le había cruzado por la cabeza la idea de compartir cama con él tan rápido.
—Pensé que cada quien tendría su propio cuarto —dijo con total franqueza.
—Fue mi culpa por no explicarlo bien —Dorian la miró fijamente—. Amelia, estamos legalmente casados, por lo que viviremos exactamente igual que cualquier otro matrimonio, y eso incluye nuestra intimidad.
La joven no supo qué decir. ¿Acaso eso era un tema que se ponía sobre la mesa así nada más?
—Descansa un rato —le sugirió él—. Yo me encargo de colgar tu ropa.
—No, yo puedo hacerlo.
Amelia se acercó apresurada. Ahí adentro estaba su ropa interior, y la sola idea de ver a Dorian acomodando sus prendas íntimas le daba pánico.
La relación entre los dos estaba en ese extraño limbo donde sentía que no lo conocía, pero a la vez había cruzado demasiados límites con él.
—Mejor que venga Cristina a ayudarte —dijo Dorian, probablemente leyendo su incomodidad—. Estás embarazada, intenta no agacharte tanto.
—Bueno.
—¿Vives tú solo aquí? —preguntó Amelia, curiosa al ver la enorme casa sin señales de que alguien más la habitara.
—Sí —afirmó él—. Mi familia vive en otra parte. Este lugar lo uso solo yo.
Tras una pausa, le dijo:
—En un par de días, cuando la salud de mi abuelo mejore, te llevaré a conocerlo.
—Me parece perfecto —aceptó Amelia.
—Primero te mostraré un poco qué hay por aquí cerca —dijo Dorian.
—Órale.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian)