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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1698

Dorian no tardó en terminar de perfilar las líneas de las paredes por ella y luego giró la cabeza para preguntarle:

—¿Así está bien?

—Sí, perfecto —asintió Amelia, y al girarse hacia él añadió—: Muchas gracias.

Al agradecerle, se dio cuenta de lo cerca que estaban.

Dorian tenía una mano apoyada en el respaldo de su silla de escritorio y la otra sobre el mouse, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. Al girar él la cabeza de esa manera y ella alzar el rostro de lado, la distancia entre ambos se redujo tanto que casi podían sentir la respiración del otro.

Como Amelia tenía toda su atención puesta en la pantalla, no había reparado en la proximidad. Al darse la vuelta de golpe, sus labios casi rozaron los de Dorian.

Se quedó paralizada, y el calor le subió de inmediato a las mejillas.

Quiso hacerse hacia atrás, pero esos ojos que tenía enfrente parecían tener un magnetismo propio que atrapó toda su atención. Solo pudo mirarlo embelesada, igual que aquella noche.

Dorian también la miró fijamente, sin decir una palabra.

—Este... —El cerebro de Amelia sufrió un cortocircuito momentáneo, y empezó a buscar su celular a tientas—. Ya casi es hora de la cita, creo que ya deberíamos irnos...

Intentó levantarse y retroceder, pero antes de que pudiera moverse, Dorian levantó una mano, le sujetó la nuca y, ante los ojos cada vez más abiertos de ella, se inclinó y la besó.

Amelia se quedó rígida. Con las manos tensas intentó empujarlo, pero al sentir su pecho firme, terminó rindiéndose al mareo que le provocaba su beso.

El beso de Dorian no fue del todo tierno; casi en el instante en que sus labios se tocaron, se volvió impetuoso y ardiente. Como aquella noche, no hubo titubeos, fue una embestida directa, dominante, fogosa e intensa.

Amelia no opuso resistencia.

Las manos que en un principio querían apartarlo terminaron descansando sin fuerza contra su pecho, sus suaves yemas rozándolo casi como una pluma.

La respiración de Dorian se volvió pesada. Apretó un poco más el agarre en su nuca, se puso de pie y la empujó contra la silla, besándola de forma más profunda y exigente.

El sonido de las respiraciones agitadas y de los labios entrelazados llenó la tranquilidad de la habitación.

Sin saber en qué momento, Dorian ya la había hecho ponerse de pie. Con una mano en su espalda baja, la acorraló contra la pared y, agachando la cabeza, continuó besándola sin descanso.

La mente de Amelia ya era un completo caos; solo podía corresponderle de manera instintiva, pues el anhelo de su cuerpo había tomado el control por completo.

En cada respiro sentía el calor abrasador y el leve aroma a menta de él. Era intenso y ardiente, exactamente igual que los besos que le había dado en la cama.

No supo cuánto tiempo pasó. Cuando el fuego de sus labios se fue tornando lento y romántico, Amelia escuchó una voz ronca susurrar en su oído:

—Amelia, vamos a casarnos por el civil.

Antes siquiera de procesar lo que acababa de escuchar, ella murmuró una respuesta.

—Sí.

—¿Tienes tu acta de nacimiento y tu identificación aquí? —preguntó de nuevo la misma voz profunda.

—Sí.

—¿Dónde están?

—En el cajón del clóset.

—Bien.

***

Para cuando Amelia reaccionó, Dorian y ella ya estaban en el Registro Civil.

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