—No es nada. —Amelia escondió discretamente la caja entre el montón de paquetes recién abiertos, y se levantó fingiendo tranquilidad—. ¿Por qué llegaste tan temprano hoy?
Aún no era hora de salir del trabajo.
—No había mucho qué hacer en la empresa —dijo Dorian. Se agachó con la intención de recoger la basura de los paquetes que ella había abierto, lo que asustó a Amelia y la hizo detenerlo de inmediato—: ¡Eh, yo lo hago! Ve a descansar un rato.
Dorian la miró con recelo:
—¿Por qué tan nerviosa? ¿Qué compraste?
Amelia se quedó sin saber qué responder.
—No compré nada —recalcó con mucha seriedad—. Todo esto lo mandó Frida. Apenas abrí la mitad, me daba miedo que recogieras los que faltan y los tiraras a la basura. Sería una lástima desperdiciar su detalle.
Dorian le lanzó una mirada penetrante, sus ojos oscuros decían claramente: «Sí, claro, cuéntame otra».
—Es en serio. —Amelia lo tomó del brazo y lo empujó hacia adentro—. Ve a ver a Serena primero. Quién sabe qué desastre esté haciendo en su cuarto; se escucha mucho ruido y lleva un buen rato preguntando por ti.
Justo en ese momento, apareció Serena con ambas manos ocupadas, cargando unos frascos que había sacado del buró.
—Papá, ¿qué es esto?
La atención de Dorian se desvió temporalmente, lo que Amelia aprovechó para meter a toda prisa la basura de los paquetes en una bolsa. Se la llevó y bajó a tirarla.
Al regresar, Dorian ya estaba sentado en el sofá con Serena en brazos, leyéndole un cuento ilustrado.
La misma niña que hace un momento estaba revolviendo todo, ahora estaba sentadita y callada en el regazo de Dorian, escuchando la historia.
—Vamos a cenar fuera hoy —dijo Dorian, levantando la vista hacia Amelia—. Ya tiene varios días que no salimos a comer.
—Me parece bien.
Ahora que lo recordaba todo, enfrentarse a los Sabín era distinto. Por un lado, le conmovía recordar cómo la mimaban de niña y la tristeza insoportable que sufrieron cuando desapareció; pero por otro, pesaban mucho las actitudes tan cuestionables que habían tenido en los últimos años.
Esa mezcla de lejanía y cariño inevitablemente complicaba todo.
No sentía resentimiento ni odio, simplemente no lograba entender algunas de sus acciones.
En el pasado, cuando creían que Fabiana Samper era Amanda, la protegieron a capa y espada, hasta el punto de perder sus propios principios por ella.
Sin embargo, ahora que se sabía que ella era la verdadera Amanda, su reacción fue muy distinta. Cuando ocurrió el incidente en el museo, en lugar de protegerla a ciegas como a Fabiana, lo primero que hicieron fue buscar expertos para revisar si su diseño tenía fallas.
En teoría no estaba mal; era más seguro evaluar la situación antes de pensar en una solución. El problema es que Amelia nunca vio que tomaran alguna medida una vez terminada la evaluación; al contrario, solo terminaron facilitándole las cosas a las hermanas Valenzuela.
Así que no se podía decir que no amaran a Amanda, pues le habían dado de todo a Fabiana cuando ocupaba su lugar, favoreciéndola sin límites. Pero si realmente amaban a Amanda, siempre terminaban haciendo algo que manchaba ese amor.

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