Claro, sus intenciones eran buenas. Simplemente les faltaba astucia para distinguir el bien del mal y resolver los problemas. Les importaba demasiado el qué dirán y las apariencias sociales, por lo que terminaban manipulados por Fabiana o utilizados por las hermanas Valenzuela.
Actualmente, Amelia era muy feliz junto a Dorian y Serena. Ya había pasado la edad de necesitar pruebas constantes de afecto. Tras entender todo esto, sentía mucha paz respecto a la familia Sabín.
No habían cometido un pecado tan imperdonable como para cortar lazos por completo. Después de todo, alguna vez fueron la familia que la amó profundamente. Además, adoraba a su abuela, la extrañaba y quería pasar más tiempo con ella.
Sin embargo, tampoco sentía la necesidad de forzar una reconciliación total; al fin y al cabo, había más de veinte años de distancia entre ellos. Dejar que las cosas fluyeran naturalmente era lo mejor. Si se llevaban bien, perfecto; si no, marcarían su distancia. Solo el tiempo diría si podrían volver a ser unidos.
Probablemente los Sabín también lo entendían, así que no hacían exigencias desmedidas. Mantenían la distancia de forma prudente; seguían en contacto y de vez en cuando le enviaban detalles, pero sin sofocarla ni causarle molestias.
Por eso, al verlos llegar, Amelia se acercó amablemente a saludarlos y luego tomó a su abuela del brazo con cariño.
La anciana había mejorado mucho últimamente; ya lograba distinguirla a ella de Serena. Solo que, seguramente porque le dolía verla, cada vez que la miraba se le llenaban los ojos de lágrimas y repetía una y otra vez que lo sentía mucho, que la había hecho sufrir.
Esas escenas siempre le dejaban un nudo en la garganta a Amelia.
—¿A qué debemos el milagro de su visita hoy? —preguntó Dorian mientras los invitaba a pasar.
—Su abuela dijo que quería venir a ver a la pequeña Amanda, así que nos dimos una vuelta —respondió Manuel con una sonrisa. Al ver a Serena salir con su vestidito en la mano, parpadeó sorprendido—. ¿Iban a salir?
—Sí, íbamos a salir a cenar —explicó Amelia.
—Qué coincidencia, nosotros tampoco hemos comido. Vamos todos juntos —sugirió Manuel animado.
Amelia miró a Elisa. Al escuchar que cenarían juntos, la abuela se veía tan feliz como una niña, y Serena también estaba contenta. Terminó asintiendo:
—De acuerdo.
Eligieron un restaurante cercano para cenar. Durante la comida, el ambiente fue cordial, aunque no se sentía precisamente relajado ni festivo.

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