—¿Dices que Dayana está sola abajo?
—¿Y su mamá? —preguntó Candela, frunciendo el ceño.
Paloma contestó con voz baja:
—Se fue, dijo que si se quedaba, podría hacerla enojar.
Candela arrugó la frente, disgustada. Si esa mujer de verdad supiera comportarse, no andaría enredándose con un hombre que ni siquiera se ha divorciado.
—Señora, ¿por qué no baja un momento? La señorita lleva un buen rato llorando afuera, no quiere entrar a la casa, y con este frío… Si se enferma, ¿qué vamos a hacer? —insistió Paloma, preocupada.
Candela miró por la ventana. Las ramas de los árboles se sacudían con el viento, doblándose de un lado a otro, y solo de verlas ya sentía el hielo en el aire.
Justo cuando Paloma pensó que Candela bajaría para consolar a la niña y meterla a la casa, la voz de Candela sonó cortante:
—Si quiere llorar, que llore. Dile a las demás que regresen a sus tareas, ¿qué hacen todas afuera? ¿No tienen nada mejor que hacer?
Paloma no podía creer lo que acababa de oír. Siempre había visto cómo Candela protegía a la señorita Dayana, como si fuera un tesoro, y ahora… ¿De verdad podía ser ella tan indiferente?
Aun así, se atrevió a insistir:
—Señora, afuera hace mucho frío, y además, la niña se cayó hace un rato, se raspó la rodilla…
Candela la interrumpió sin miramientos:
—Ya tiene cinco años, sabe perfectamente cuándo hace frío y cuándo no, y también sabe cómo usar el llanto para manipular a los adultos. Si no te gusta cómo educo a mi hija, puedes llamarle a Fidel. Y si no hay nada más, sal.
Paloma se quedó pasmada. Jamás se imaginó ver el día en que Candela se desentendiera así de Dayana. Con un suspiro resignado, salió del despacho.
...
Dayana seguía en el patio, llorando a gritos. Pensaba que así lograría que los adultos cedieran, que su mamá regresaría. Lloró tanto que hasta la garganta le dolía, pero Candela no apareció.

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