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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 106

Cristian no dio más explicaciones. Había prometido a Isa ir a ver la casa, y solo al llegar supo que era en el residencial de Nerea.

No quería decepcionar a Isa.

Así que, aun sabiendo que los Galarza se enojarían, eligió acompañar a los Echeverría.

En su mente, lo que sintiera Nerea o los Galarza no era asunto suyo.

Simplemente no le importaba.

Doña Ivana suspiró cansada.

—Cristian, no me importa si quieres gastar mil, dos mil o tres mil millones en comprarle una casa a los Echeverría, ni dónde la compres, pero te prohíbo terminantemente que sea en el residencial de Nere.

Dado que Nerea ya había comprado la antigua villa de los Echeverría y la abuela estaba furiosa, Cristian aceptó.

Doña Ivana aprovechó para pedirle a Cristian que le transfiriera quinientos millones.

Cristian sacó su celular y preguntó casualmente:

—Abuela, ¿y los trescientos millones que te di antes?

Doña Ivana resopló molesta.

—¿Qué te importa? Tú puedes gastar dinero en extraños, soltando mil millones como si nada, ¿y me interrogas a mí cuando gasto un poco?

Cristian no preguntó más y transfirió el dinero.

Al ver que el dinero llegaba, Doña Ivana salió de la capilla con un bufido. Al abrir la puerta, vio a Esmeralda Roldán de Vega escuchando a escondidas y le puso mala cara.

Esmeralda corrió hacia Cristian y lo revisó de arriba abajo.

—Hijo, ¿estás bien? Tu abuela ya chochea, golpearte así por culpa de unos extraños.

—Mamá, no hables así de la abuela.

Esmeralda preguntó con recelo:

—Hijo, ¿la abuela te pidió dinero otra vez? Ella no gasta nada y tiene sus propios ahorros y fondos, ¿para qué te pide dinero siempre?

Cristian no le dio importancia a trescientos o quinientos millones.

—Probablemente esté enojada —dijo, refiriéndose a que gastaba dinero en los Echeverría.

Lo que Cristian no sabía era que, en cuanto salió, Doña Ivana transfirió esos quinientos millones a Nerea.

Doña Ivana le envió un mensaje a Nerea: [Nere, ya le metí una buena regañada a ese ingrato de Cristian y le saqué quinientos millones. Te los mando para tus gastos.]

[Nere, dile a tu abuela que lo siento mucho, que la familia Vega no supo educarlo bien. Dile que se cuide y no se enoje por ese patán, no vale la pena.]

—«El Trono de San Bartolomé: El forastero del inframundo».

Era una novela en línea. Al protagonista su amada le arrancaba el corazón y los huesos, su familia moría uno tras otro frente a sus ojos para protegerlo, y su amada lo empujaba personalmente al infierno.

Después, el protagonista pasaba por mil penurias, regresaba como un rey, se vengaba de sus enemigos con sus propias manos y ascendía hasta convertirse en un dios adorado por millones.

Nerea se sentó junto a la cama, tomó el libro y se metió en el personaje, cambiando el tono de voz: a veces rápido, a veces lento, furioso, doloroso, gritando o sollozando.

Kevin cerró los ojos, recostado en la cabecera. Escuchando la voz de Nerea, por un momento sintió que él era ese protagonista que lloraba de rabia y luchaba contra el destino.

Una hora y media después, Kevin parecía haber sido sacado del agua, completamente empapado en sudor, con el rostro tan pálido que su único ojo sano resaltaba oscuro y brillante.

Kevin estaba exhausto, sin fuerzas ni para levantar la mano.

—Doctora Galarza, ¿podría ayudarme a cambiarme de ropa?

—Eh... —Nerea se detuvo—. Este... llamaré al enfermero para que te ayude.

Nerea salió rápidamente a buscar al cuidador. Kevin miró su espalda y tardó un momento en reaccionar: a la doctora Galarza le gustaban los hombres.

Para ella, él era un miembro del sexo opuesto.

Kevin soltó una risa suave.

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