A las cinco de la tarde, Nerea salió del laboratorio.
Federico Castañeda bromeó con ella:
—¿La reina del trabajo duro no va a trabajar hoy?
Nerea se quitaba la bata mientras respondía:
—Te doy un día de ventaja, señor Castañeda. Mañana te voy a aplastar.
Desde que Leonardo lo llamó «señor Castañeda» aquella vez, la gente del instituto había copiado el gesto y lo llamaban así para bromear.
Nerea se quitó la bata y se arregló el cabello y el maquillaje frente al espejo.
—¿Tienes una cita? —preguntó Federico apoyado en un lado, mirándola.
—Es el cumpleaños de la doctora Rangel. —Nerea tomó su bolso y le dio unas palmaditas en el hombro—. Ánimo, señor Castañeda.
Nerea condujo hasta la Universidad Politécnica del Valle, compró un café americano helado, como le gustaba a Fabiola Rangel, y fue al primer edificio de aulas a esperar que terminara su clase.
El aula de la doctora Rangel estaba a reventar; incluso los pasillos estaban llenos de oyentes.
Cuando Nerea llegó, Fabiola les había planteado un problema a los estudiantes.
Una línea de código concisa. ¿Cómo modificarla para que fuera más elegante y simple, y al mismo tiempo más eficiente en el cálculo, ofreciendo un resultado perfecto?
Para todos, esa línea ya era muy simple y eficiente, no le sobraba nada. ¿Cómo se podía cambiar?
Los estudiantes se estrujaban el cerebro, pero no se les ocurría nada.
Algunos dieron respuestas, pero Fabiola negaba con la cabeza. No es que estuvieran mal, es que no alcanzaban la perfección que ella buscaba.
Nerea se asomó desde detrás de la multitud, y Fabiola la vio. Sonriendo, le hizo señas.
—Nerea, entra.
De repente, todas las miradas se posaron en ella.
—¿Esa no es la famosa exalumna Nerea?
—Es ella. La vi en las noticias. Se ve mejor en persona, tiene mucha presencia.
—¿Para qué la llama la doctora Rangel?
Nerea sonrió con resignación y, bajo las miradas curiosas de todos, caminó con naturalidad hacia ella y le entregó el café.
Fabiola bebió un sorbo y la presentó con orgullo:
—Nerea. Ya la conocen, ¿no? Su compañera, mi alumna.
Los dedos de Nerea volaron sobre el teclado. Fabiola no había terminado de hablar cuando Nerea ya había corregido el código.
El código modificado apareció en el proyector y el salón se vino abajo.
—¡No manches! ¡¿Se puede cambiar así?!


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